Vista de la exposición 'Antoni Tàpies. El movimiento perpetuo del muro'. Museu Tàpies (Barcelona), 12 de febrero - 6 de septiembre de 2026. Cortesía de Museu Tàpies.
¿Qué significa reconstruir la biografía de un artista a través de documentos, fotografías, catálogos o la reescenificación de exposiciones pasadas? La historia del arte reciente ha cuestionado la idea de la obra como entidad aislada y ha situado la exposición, su arquitectura y sus dispositivos de mediación en el centro del análisis crítico. Desde las aportaciones de la estética de la recepción hasta los estudios curatoriales contemporáneos, la exposición aparece como un espacio de producción de sentido. Esa perspectiva articula Antoni Tàpies. El movimiento perpetuo del muro, la nueva muestra del Museu Tàpies (Barcelona), que revisa la década de 1950 a partir de las condiciones materiales y perceptivas en las que el artista presentó entonces su obra.
El proyecto, comisariado por Imma Prieto (Directora de la institución) y Pablo Allepuz (Jefe de Colección), propone un recorrido construido desde la investigación documental y la reconstrucción parcial de cuatro exposiciones decisivas celebradas entre Barcelona y París. La propuesta se desplaza así desde la cronología convencional hacia un análisis de los dispositivos expositivos y sus efectos en la mirada pública. Allepuz lo sintetizaba durante la presentación al señalar que «factores aparentemente secundarios como el color de las paredes, la iluminación o la disposición física de las obras constituyen estructuras de mediación que condicionan cómo interpretamos hoy el legado de Tàpies». La exposición se presenta, en ese sentido, como una «tesis curatorial»: un ensayo sobre la formación histórica de la percepción de su pintura.
La estructura se organiza en ámbitos que combinan reconstrucción histórica y contextualización documental. Algunas salas recuperan obras que formaron parte de aquellas exposiciones originales conservadas hoy en colecciones públicas y privadas del Estado español; otras despliegan vitrinas con correspondencia, publicaciones, material gráfico y referencias culturales que permiten entender la recepción crítica y social de cada momento. Ese diálogo entre objeto artístico y archivo contribuye a replantear la noción de retrospectiva y, al mismo tiempo, cuestiona la biografía entendida como relato lineal.
Durante la rueda de prensa, Prieto subrayó tres líneas conceptuales que atraviesan el proyecto: materia, muro y percepción. La materia remite a la transformación radical que experimenta la pintura de Tàpies tras el abandono de la figuración tradicional, cuando la superficie pictórica se densifica mediante arenas, polvo de mármol, telas o pigmentos terrosos. El muro, convertido en metáfora y soporte, establece continuidades entre el estudio del artista, la ciudad y el espacio expositivo. La percepción introduce la dimensión del «espectador activo», cuya experiencia se emancipa de la contemplación pasiva asociada al paradigma moderno del cubo blanco.
La reconstrucción de los contextos expositivos originales resulta especialmente reveladora. Frente a la neutralidad que caracterizó buena parte de la museografía posterior, las galerías donde Tàpies expuso en los años cincuenta presentaban paredes oscuras, textiles densos, iluminaciones dramáticas o dispositivos de suspensión poco habituales. Esos elementos incidían directamente en la lectura de la obra y favorecían interpretaciones ligadas a lo atmosférico, lo matérico o incluso lo inquietante. La exposición actual permite percibir cómo esos condicionantes influyeron en la consolidación de un estilo que hoy se considera inconfundible.
Los cuatro casos de estudio reflejan momentos clave de esa evolución. Las exposiciones en las Galeries Layetanas de Barcelona en 1950 y 1954 evidencian la transición desde imaginarios próximos al surrealismo hacia una abstracción cada vez más centrada en la textura y la materialidad. La presentación parisina en la Galerie Stadler en 1956 marca la proyección internacional del artista y su inserción en debates vinculados al informalismo europeo. Finalmente, la exposición en la Sala Gaspar en 1960 consolida un lenguaje donde el muro actúa como espacio simbólico y físico a la vez.
El proyecto también establece conexiones con transformaciones culturales más amplias. Arquitectura, diseño industrial, edición gráfica o urbanismo aparecen como campos paralelos que configuran la experiencia estética de la posguerra. La atención a esos cruces permite entender la pintura de Tàpies como parte de un entramado cultural complejo, atravesado por cambios científicos, tensiones políticas y nuevas concepciones del sujeto perceptivo.
La pregunta inicial acerca de la reconstrucción biográfica se reformula aquí como reflexión metodológica: comprender a Tàpies implica atender tanto a sus pinturas como a las condiciones históricas que modelaron su visibilidad. El museo se convierte así en un laboratorio crítico donde el archivo, la museografía y la experiencia perceptiva dialogan para revisar uno de los capítulos centrales del arte contemporáneo europeo.
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