Vista de la exposición 'Un mundo turbiamente vivo' de Regina de Miguel en el IVAM (Valencia). Foto de © Miguel Lorenzo, 2026. Cortesía: IVAM.
Un museo en otro planeta conserva los vestigios de una civilización desaparecida. Entre sus fondos sobreviven documentos, materiales geológicos y registros de un mundo transformado por la explotación de sus recursos y el deterioro de sus ecosistemas. Este escenario imaginario constituye el punto de partida de Un mundo turbiamente vivo, la exposición que Regina de Miguel (Málaga, 1977) presenta en la Galería 6 del Institut Valencià d’Art Modern (IVAM), bajo el comisariado de Rosa Lleó.
A través de una instalación que combina investigación científica, ficción especulativa y creación audiovisual, de Miguel convierte el espacio expositivo en una institución procedente de un tiempo y un lugar indeterminados. El Museo Alkane, situado en el planeta Tornus, funciona como hilo conductor de una propuesta que interroga las formas de conservar la memoria y las posibilidades de imaginar otros futuros. La ficción introduce así una distancia temporal desde la que observar críticamente las lógicas extractivistas que atraviesan nuestra relación con el territorio y sus recursos.
En la planta inferior, la artista construye un entorno que remite a un laboratorio científico y a un gabinete de curiosidades. El espacio reúne materiales heterogéneos que parecen proceder de una excavación en un tiempo remoto. Dibujos, pinturas, objetos y documentos conviven con registros de datos y elementos escultóricos, configurando una suerte de archivo geológico. En medio de esta constelación, las acuarelas adquieren una presencia especialmente relevante. Sus imágenes evocan formaciones minerales, organismos, superficies volcánicas y paisajes acuáticos que podrían pertenecer tanto a la Tierra como a un territorio extraterrestre. Su apariencia científica convive con una dimensión especulativa que pone en cuestión la supuesta neutralidad de los sistemas de representación.
La materia ocupa un lugar central en esta primera parte. Los residuos y las formaciones orgánicas parecen compartir una misma condición, como si el deterioro ambiental hubiese borrado las fronteras entre naturaleza y producción humana. El archivo de Tornus contiene así las evidencias de un modelo civilizatorio cuyo legado resulta difícil de separar de sus consecuencias materiales.
La escalera que conecta ambos niveles introduce un cambio de perspectiva. En la planta superior, una instalación audiovisual distribuida en cinco pantallas presenta Aguas intoxicadas, cometas nunca más vistos, una reunión de suicidas. La película desplaza la atención desde los vestigios físicos hacia una narración atravesada por la incertidumbre. Su protagonista, una científica atrapada en una pandemia, habita un escenario donde la acumulación de información convive con la incapacidad de encontrar respuestas. La ansiedad y la culpa ecológica adquieren una dimensión íntima, revelando el impacto emocional de una crisis que también afecta a nuestra capacidad para imaginar el porvenir.
La obra audiovisual incorpora elementos de ciencia ficción y resonancias ciberfeministas para desarrollar una narración fragmentaria. Los paisajes degradados y las arquitecturas abandonadas funcionan como escenarios de una temporalidad inestable, en la que pasado y futuro parecen superponerse. La imagen en movimiento amplía así las posibilidades del archivo: aquello que antes aparecía como resto material adquiere ahora una voz narrativa.
Esta operación conecta con algunas de las preocupaciones constantes en la trayectoria de Regina de Miguel. Su práctica investiga los mecanismos mediante los que producimos conocimiento y las estructuras ideológicas que condicionan nuestra percepción de la realidad. A través de la ficción especulativa, la investigación científica y la construcción de dispositivos inmersivos, la artista cuestiona los límites de una mirada que históricamente ha aspirado a ordenar y dominar el mundo.
En el IVAM, esta investigación pretende resonar con la idea del «museo como espacio anfibio», concebida por su propia directora, Blanca de la Torre. En sus palabras, la imagen del pantano permite pensar una institución permeable, expuesta a la transformación y alejada de las certezas que tradicionalmente han definido sus funciones. En Un mundo turbiamente vivo, conservar implica también aprender a convivir con lo inestable. El futuro que imagina de Miguel carece de promesas reparadoras, pero mantiene abierta una cuestión fundamental: qué formas de vida y de conocimiento podrán surgir cuando aceptemos que el mundo que habitamos ya ha comenzado a cambiar.
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