Vista de la exposición ‘Cordero, mitad gato, casi perro’ de Abigail Lazkoz en Azkuna Zentroa – Alhóndiga Bilbao. Noviembre de 2026 - enero de 2027. Cortesía de Azkuna Zentroa.
En Una cruza, relato que Franz Kafka escribió en 1917, un animal de naturaleza incierta convive con la dificultad de encontrar una identidad reconocible. Mitad cordero, mitad gato, la criatura conserva una singularidad que desconcierta a quienes intentan comprenderla. Esta figura literaria sirve de interlocutora a Abigail Lazkoz (Bilbao, 1972) en Cordero, mitad gato, casi perro, exposición que presenta Azkuna Zentroa – Alhóndiga Bilbao hasta el 17 de enero de 2027, con Yara Sonseca (Madrid, 1977) como comisaria.
El proyecto prolonga una investigación iniciada en 2025 en el DA2 de Salamanca y adquiere en Bilbao una configuración específica. La artista revisita trabajos anteriores, los reorganiza y los pone en relación con nuevas producciones, generando un recorrido que permite observar su práctica desde perspectivas inéditas. La exposición funciona así como un ejercicio de relectura: las obras cambian de posición y adquieren significados que alteran la percepción de su trayectoria.
El dibujo constituye uno de los principales territorios de exploración de Lazkoz, aunque sus límites se expanden continuamente hacia el espacio. Las intervenciones murales, las estructuras tridimensionales y las composiciones de gran escala construyen un lenguaje visual en el que conviven distintas dimensiones. El blanco y negro, recurrente en su trabajo, intensifica las relaciones entre presencia y ausencia, mientras las referencias a la cultura popular y a la historia política introducen una dimensión crítica en sus imágenes.
La figura kafkiana permite abordar esa práctica desde la ambivalencia. La identidad del animal permanece abierta, atravesada por una posibilidad adicional: su deseo de convertirse también en perro. Esta aspiración introduce una condición cambiante que encuentra correspondencia en la obra de Lazkoz, donde las categorías formales pierden estabilidad y cada pieza parece reclamar una nueva definición.
La exposición propone, en definitiva, una aproximación a la complejidad de una trayectoria que encuentra en la transformación su principal impulso. Las obras conservan su historia, aunque su encuentro con otras piezas modifica el sentido de lo ya conocido. En esa convivencia entre permanencia y desplazamiento, la práctica de Abigail Lazkoz revela una capacidad singular para seguir generando preguntas sobre la identidad, la representación y los límites de la propia imagen.
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