A.A.Murakami, 'Beyond the Horizon'. © A.A.Murakami. Encargado por M+, 2024. Fotografía de Adam Kovář y PETR&Co. Modelo: Ashley Lin. Cortesía del artista.
Santa Mònica presenta El asalto de la ilusión, una exposición que cuestiona el papel del arte como herramienta de construcción –y deconstrucción– de la realidad. Bajo el comisariado de Enric Puig Punyet, director del centro, y en colaboración con el Círculo de Bellas Artes de Madrid, la muestra reúne obras de 23 artistas que exploran cómo las técnicas de representación, desde el cine hasta la inteligencia artificial, han modelado nuestra percepción bajo sesgos de género, raza y clase. La exposición se plantea, así, como un dispositivo narrativo plural, donde las obras, las arquitecturas efímeras y las escenografías generan una experiencia que seduce al público para luego revelarle los mecanismos ocultos tras esa fascinación.
La exposición parte de una premisa contundente: la cultura no es neutral, sino un sistema de ilusiones al servicio de ideologías hegemónicas. Como señala Puig Punyet en su texto curatorial, «el arte ha perfeccionado técnicas cada vez más sutiles para depositar la ilusión en nuestras profundidades». Desde los espejismos ópticos de Berndnaut Smilde hasta las distorsiones arquitectónicas de Leandro Erlich, pasando por las ficciones sonoras de Lucrecia Dalt, las obras seleccionadas exponen cómo el deseo y la percepción de lo real son construcciones manipulables. Un ejemplo paradigmático es la instalación de A.A. Murakami, que cuestiona los límites entre lo orgánico y lo artificial, la realidad y la ficción transportando una nube (o su representación ilusoria) dentro del espacio expositivo. Junto a ella, Mama de Aneta Grzeszykowska, serie que, mediante un realismo perturbador, invita a reflexionar sobre cómo la imagen fotográfica, supuestamente objetiva, puede ser un instrumento de ficción y hipnosis.
El montaje, diseñado como un laberinto de velos y espejos, refuerza esta idea. Las salas no siguen un orden temático rígido, sino que proponen un recorrido donde lo lúdico y lo crítico se entrelazan. En un espacio central, la pieza de Fabian Knecht –un bosque dentro de un pasillo cortado que desorienta al público. Como explica Puig Punyet, «la exposición busca generar una apertura sensible que atrape al público para, después, guiarle hacia una lectura crítica de los efectos de fascinación». El resultado es una experiencia inmersiva donde el visitante oscila entre la complicidad con el engaño y la conciencia de ser parte de él.
Uno de los mayores aciertos de El asalto de la ilusión es su capacidad para cuestionar los mecanismos de la representación sin imponer un discurso único. La exposición evita el adoctrinamiento al presentar las obras como micronarrativas autónomas, donde el público tiene la libertad de establecer sus propias conexiones. Otro ejemplo es la instalación de Antonio Gagliano y Verónica Lahitte, que parte del canto XVIII de la Ilíada –donde Hefesto forja el escudo de Aquiles– para explorar inventos técnicos, militares y de control poblacional vinculados a la confusión sensorial y las alucinaciones visuales. La pieza incide en cómo la tecnología ha sido históricamente un instrumento de manipulación e invita a reflexionar sobre su papel actual en la construcción de realidades distorsionadas. Por otro lado, las obras de Chico Amaral evocan un imaginario ligado a las sombras y las linternas mágicas. Estas piezas, que surgen del movimiento y la proyección, abren múltiples interpretaciones: desde lo onírico hasta lo catastrófico, pasando por lo tecnológico.
El asalto de la ilusión también destaca por su enfoque en la materialidad de la ilusión, donde lo tecnológico y lo manual se confrontan para revelar los mecanismos ocultos tras la representación. Como señala el curador Enric Puig Punyet, «las artes han jugado históricamente un rol clave en la creación de técnicas de engaño, pero hoy podrían –y deberían– desvelarlas». La exposición asume su propia paradoja: al emplear recursos museográficos sofisticados, reconoce que incluso la crítica puede convertirse en un nuevo velo. Sin embargo, es esta honestidad conceptual la que la hace pertinente.
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