Foto de la fachada de La Fabra - Centre d'Art Contemporani, 2026.
La segunda temporada de La Fabra – Centre d’Art Contemporani de Barcelona dibuja con mayor nitidez el proyecto institucional que su directora, Claudia Elies, empezó a perfilar hace un año. Si entonces Elies definía el centro como una «caja de resonancia» para las prácticas contemporáneas, la programación presentada ahora demuestra que aquella idea ha dejado de ser una declaración de intenciones para traducirse en una estructura curatorial reconocible. La combinación de producción local, investigación artística internacional, procesos de mediación y programas públicos configura un modelo que acerca La Fabra a una Kunsthalle contemporánea: un espacio entendido como plataforma de producción y pensamiento más que como un lugar dedicado exclusivamente a la exhibición.
La temporada reunirá cinco exposiciones individuales protagonizadas por LUCE (Valencia, 1989), Nora Aurrekoetxea (Bilbao, 1989), Randa Maroufi (Casablanca, 1987), Jorge Satorre (Ciudad de México, 1979) y Claudia Pagès Rabal (Barcelona, 1990). Aunque los lenguajes son diversos —desde la instalación y la escultura hasta el vídeo, la performance o el dibujo—, todas las propuestas comparten una atención hacia las relaciones entre cuerpo, territorio, memoria y estructuras de poder, cuestiones que atraviesan buena parte de la producción artística contemporánea.
El calendario se abrirá en septiembre con De cua d’ull, una instalación específica de LUCE dentro del programa Interludi #2, coincidiendo con Barcelona Gallery Weekend. El proyecto sitúa la palabra como materia artística y como herramienta para repensar la experiencia urbana mediante una programación expandida de conciertos, recitales y visitas nocturnas.
En octubre convivirán dos exposiciones que permiten apreciar dos líneas de trabajo complementarias. Por un lado, Nora Aurrekoetxea presentará un conjunto de esculturas e instalaciones donde la arquitectura, el movimiento y la materialidad construyen un vocabulario profundamente ligado a la experiencia corporal. Por otro, La Fabra acogerá la primera exposición individual en España de la artista marroquí Randa Maroufi, cuyo trabajo analiza la forma en que los cuerpos son modelados por dispositivos administrativos, económicos y políticos. A través de fotografías, instalaciones y películas, Maroufi convierte la frontera, el trabajo o el espacio público en escenarios donde se manifiestan mecanismos de control y negociación social.
Esta exposición prolonga la reflexión sobre el Mediterráneo iniciada el pasado invierno con la muestra comisariada por Chiara Cartuccia. La continuidad de esa línea adquiere hoy una resonancia particular. En un momento en que el Mediterráneo vuelve a convertirse en escenario cotidiano de desplazamientos forzados, violencia fronteriza y tragedias humanitarias que demasiados gobiernos europeos contemplan desde una inquietante normalización, la incorporación de artistas procedentes de este contexto aporta una dimensión política que trasciende cualquier lectura geográfica. El Mediterráneo aparece aquí como un espacio de conflicto, de memoria compartida y de producción cultural cuya complejidad merece seguir ocupando un lugar central en las instituciones artísticas.
Durante la primavera llegará también Claudia Pagès Rabal; la artista catalana presentará un conjunto de trabajos entre los que se encuentra Paper Tears, la instalación con la que actualmente representa a Cataluña en la Bienal de Venecia. La práctica de Pagès, situada entre la escritura, la performance, el vídeo y la instalación, examina las formas en que los territorios almacenan capas de historia, violencia y memoria, haciendo del lenguaje y del cuerpo auténticos archivos políticos.
La inclusión de Pagès también revela otro aspecto relevante de la programación. La Fabra continúa apostando por artistas del contexto catalán y estatal, pero lo hace integrando proyectos que ya circulan en el ámbito internacional junto a producciones concebidas específicamente para el centro. Esta combinación fortalece la idea de un espacio conectado simultáneamente con el tejido artístico local y con los debates que atraviesan la escena contemporánea internacional.
Entre febrero y mayo, Jorge Satorre desarrollará una instalación basada en una extensa serie de dibujos donde confluyen referencias históricas, relatos personales y formas de representación próximas tanto al registro científico como a la ilustración. Su investigación sobre los vínculos entre artesanía, historia material y procesos coloniales completa una temporada especialmente interesada en revisar los modos en que los objetos y los cuerpos conservan las huellas del pasado.
Más allá del programa expositivo, uno de los aspectos más consistentes de esta nueva temporada vuelve a encontrarse en el programa público. Desde el inicio de la dirección de Clàudia Elies, La Fabra ha situado la educación, la mediación y la investigación como partes estructurales del proyecto institucional. Esa línea continúa con la consolidación de iniciativas como Practicum, Interludi, Entranyes, el Programa Interuniversitario o Desbordaments, desarrolladas junto a universidades, centros educativos, agentes culturales y entidades del territorio.
Especialmente significativa resulta la diversidad de colaboraciones previstas con figuras como Eva Fàbregas, Pol Guasch, Sonia Fernández Pan o Brigitte Vasallo, así como con instituciones sanitarias, bibliotecas, centros educativos y colectivos vecinales. El programa público aparece así como un espacio de producción de conocimiento que acompaña y amplía las preguntas planteadas por las exposiciones, favoreciendo que las investigaciones artísticas encuentren nuevas formas de circulación y conversación con distintos públicos.
La sensación que deja esta segunda temporada es la de un proyecto que empieza a encontrar su propia identidad dentro del ecosistema artístico barcelonés. La Fabra articula una programación que combina producción y contexto; convoca artistas cuyas prácticas dialogan con algunas de las cuestiones políticas y sociales más urgentes del presente; y entiende el centro de arte como un lugar donde las exposiciones, los procesos educativos y las comunidades de aprendizaje forman parte de un mismo tejido. Más que ofrecer una sucesión de muestras, la institución parece interesada en construir un espacio desde el que hacer resonar debates que exceden ampliamente los límites de la sala de exposiciones.
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