Kenny Scharf, 'JUNGLA JUGOSA!', 2026. Óleo, acrílico y tinta serigráfica sobre lienzo, 274,3 x 365,8 cm. © Kenny Scharf. Cortesía del artista y Almine Rech.
En la Nueva York de comienzos de los años ochenta, cuando el East Village se convirtió en uno de los principales laboratorios de la cultura artística estadounidense, Kenny Scharf compartió escena con Keith Haring (Reading, 1958 – Nueva York, 1990) y Jean-Michel Basquiat (Nueva York, 1960 – 1988). Los tres encontraron en las calles, los clubes y las galerías alternativas un territorio fértil para cruzar arte, cultura popular y vida urbana. Scharf, nacido en Los Ángeles en 1958, desarrolló desde entonces un universo de criaturas fluorescentes, formas mutantes y referencias a la televisión, la ciencia ficción y la cultura de masas que acabaría convirtiéndose en una de las firmas reconocibles de aquella generación.
El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid presenta ahora 26 obras que permiten observar otra dimensión de esa trayectoria. Comisariada por Guillermo Solana, la exposición reúne trabajos que sitúan la naturaleza en el centro de una pintura asociada durante décadas con el imaginario pop y la estética urbana. El recorrido propone cuatro ámbitos —paisajes, árboles, visiones cósmicas y un coro de criaturas— que funcionan como diferentes entradas a una preocupación constante: la relación entre la actividad humana y el deterioro del planeta.
La conciencia ecológica de Scharf tiene raíces biográficas. Creció en el valle de San Fernando, en California, durante una época marcada por una fuerte contaminación atmosférica. Más tarde, su estancia en Brasil desde 1983 le acercó a los bosques y a la transformación de la Amazonia. En sus pinturas, la naturaleza aparece como una entidad dinámica, casi alucinatoria. Los árboles adquieren personalidad propia y los paisajes parecen desarrollarse desde dentro, mediante manchas, remolinos y capas de color que evocan procesos orgánicos.
Esa mirada alcanza también el espacio exterior. Scharf pertenece a una generación educada bajo el imaginario de la carrera espacial y la llegada del hombre a la Luna. Sus planetas, órbitas y fondos estrellados parten de aquella fascinación infantil, aunque hoy adquieren otra lectura. Frente al sueño contemporáneo de abandonar la Tierra, el artista insiste en observar el planeta como un cuerpo cósmico singular.
En el centro de su lenguaje permanecen los blobz, criaturas redondeadas con ojos y expresiones cambiantes que han recorrido pinturas, esculturas, murales y objetos. Durante la pandemia, Scharf los convirtió en protagonistas de los Moodz, tondos donde las emociones se multiplican y se superponen. Juntos forman comunidades heterogéneas en las que conviven organismos, objetos y seres imaginarios.
Desde aquella primera Cosmic Cavern que construyó en 1981 con plástico recuperado y luz negra, hasta sus pinturas recientes, Scharf ha mantenido una relación estrecha entre exceso visual y conciencia crítica. El optimismo que atraviesa su obra adquiere así una dimensión particular: la alegría funciona como una forma de resistencia ante una realidad ambiental cada vez más difícil de ignorar.
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