Exposiciones

Pipilotti Rist llega al Museo Guggenheim Bilbao con ‘Ever is Over All’

Pipilotti Rist (Grabs, Suiza, 1962) ocupa un lugar singular en la historia del videoarte contemporáneo. Desde los años ochenta, su práctica ha ampliado las posibilidades del vídeo como experiencia física y emocional, incorporando recursos procedentes de la música popular, el videoclip y la cultura visual para construir imágenes de una intensidad casi corporal. Sus obras desafían las fronteras entre lo íntimo y lo público, entre la sensualidad y la crítica, mediante un lenguaje exuberante que ha convertido el color, la música y el movimiento en herramientas de pensamiento. En Ever is Over All, presentada por primera vez en la Bienal de Venecia de 1997, esa estrategia alcanza una de sus formulaciones más reconocibles.

El Museo Guggenheim Bilbao presenta hasta el 17 de enero de 2027 esta videoinstalación, comisariada por Mikel Onandia, como cierre de la programación de la sala Film & Vídeo. Casi tres décadas después de su presentación en Venecia, la obra conserva una capacidad particular para desorientar la mirada. Dos proyecciones sincronizadas construyen una escena en la que la violencia aparece envuelta en una atmósfera de belleza, ligereza y extraña placidez.

En una de las pantallas, una joven recorre una calle de Zúrich con un vestido azul. Camina con una calma despreocupada mientras sostiene una gran flor roja, una Red Hot Poker de origen subsahariano. Con ella rompe los cristales de los automóviles aparcados junto a la acera. El acto se repite con una cadencia casi coreográfica. Cada golpe produce una fractura visible, aunque la protagonista mantiene la serenidad de quien parece entregarse a un ritual privado.

La segunda proyección introduce un contrapunto decisivo. Flores filmadas en primeros planos llenan la pantalla con colores saturados y movimientos de cámara envolventes. La imagen se aproxima a una experiencia sensorial próxima al videoclip. La música, compuesta por Anders Guggisberg junto a Rist, acentúa esa cualidad hipnótica y contribuye a suspender durante unos minutos la lógica cotidiana del espacio urbano.

Fotograma de ‘Ever is Over All’, 1997. Instalación audiovisual.
© Pipilotti Rist / 2026, VEGAP. Cortesía de la artista, Hauser & Wirth y Luhring Augustine.

La potencia de Ever is Over All reside en esa fricción. El público presencia un acto de vandalismo mientras las imágenes invitan a contemplarlo desde una posición próxima al placer. La violencia pierde parte de su carácter intimidatorio y adquiere una dimensión performativa. Rist altera así las convenciones con las que solemos identificar una escena agresiva: el cuerpo permanece relajado, el gesto carece de dramatismo y la música evita cualquier subrayado amenazante.

La aparición de una agente de policía lleva esta inversión todavía más lejos. Cuando ambas mujeres se cruzan, la agente saluda a la protagonista y continúa su camino. La escena introduce una interrupción en la lógica habitual de la autoridad. La sanción que el espectador espera nunca llega. El vandalismo queda suspendido dentro de una ficción donde las reglas que organizan el espacio urbano parecen haber sido temporalmente modificadas.

La flor constituye el elemento que concentra buena parte de esta operación. Tradicionalmente vinculada a la belleza, al ornamento y a una determinada representación de lo femenino, aquí se convierte en una herramienta de acción. Su transformación en instrumento capaz de quebrar cristales altera su significado sin borrar su dimensión poética. La fragilidad asociada a la flor convive con su potencial destructivo.

Esta inversión también permite aproximarse a la obra desde una perspectiva feminista. El cuerpo femenino que aparece en pantalla actúa sobre su entorno y ocupa el espacio público con una libertad que históricamente le ha sido restringida dentro de numerosas representaciones artísticas. Rist desplaza la figura femenina desde el lugar de objeto contemplado hacia el de sujeto que decide, interviene y altera aquello que la rodea.

Los automóviles introducen otra capa de lectura. El gesto de romper sus ventanillas puede entenderse como una fantasía de insubordinación frente a una infraestructura asociada al consumo, la propiedad privada y el dominio del espacio urbano. La obra fue realizada en los años noventa, aunque algunas de las cuestiones que plantea han adquirido una renovada visibilidad: la relación entre movilidad y territorio, el uso del espacio público y el coste ambiental de determinados modelos de transporte.

Fotograma de ‘Ever is Over All’, 1997. Instalación audiovisual.
© Pipilotti Rist / 2026, VEGAP. Cortesía de la artista, Hauser & Wirth y Luhring Augustine.

Rist evita convertir estas cuestiones en un discurso cerrado. Su estrategia consiste en producir una imagen capaz de contener contradicciones. La escena resulta simultáneamente cómica, perturbadora y seductora. La música suaviza el impacto de los golpes; el color convierte la calle en un escenario casi fantástico; la protagonista ejecuta una acción destructiva con una tranquilidad que desarma las expectativas del espectador.

En esa ambigüedad reside una parte esencial de la vigencia de Ever is Over All. La obra no necesita explicar su gesto para provocar preguntas sobre aquello que consideramos legítimo dentro del espacio compartido. La propiedad de un automóvil aparece como una convención que puede ser cuestionada durante la duración de una fantasía. La autoridad policial deja de funcionar como mecanismo automático de control. El cuerpo femenino adquiere una capacidad de intervención que subvierte el comportamiento que culturalmente se espera de él.

La pieza condensa, además, una etapa decisiva en la evolución del vídeo como lenguaje artístico. Durante los años noventa, las instituciones comenzaron a incorporar con mayor intensidad instalaciones audiovisuales capaces de transformar la experiencia física del espectador. Rist participó de esa expansión introduciendo una sensibilidad vinculada a la cultura popular y a la música, junto a una atención especial a la percepción corporal. Obras como I’m Not the Girl Who Misses Much (1986), Pickelporno (1992) y Sip My Ocean (1996) habían preparado ya el terreno para una práctica donde la imagen funciona como estímulo sensorial antes incluso de convertirse en relato.

La presentación de Ever is Over All en la Bienal de Venecia de 1997 consolidó la proyección internacional de la artista. A partir de entonces, Rist desarrolló instalaciones de creciente escala y complejidad, desde Open My Glade, proyectada en Times Square en 2000, hasta Homo sapiens sapiens, presentada en la Bienal de Venecia de 2005. Su investigación continuó ampliándose hacia entornos inmersivos como Worry Will Vanish Horizon y Pixel Forest, donde la imagen deja de funcionar como una superficie distante para convertirse en un espacio que envuelve al visitante.

En el Guggenheim Bilbao, Ever is Over All recupera una obra fundamental de ese recorrido y permite contemplarla desde una perspectiva contemporánea. Su fuerza permanece ligada a una imagen sencilla: una mujer camina por una calle con una flor en la mano y rompe cristales. Entre cada golpe y cada gesto de serenidad se abre un espacio de incertidumbre. Allí, Rist encuentra una de las posibilidades más fértiles del arte: convertir una escena aparentemente absurda en una imagen capaz de alterar nuestra percepción de lo cotidiano.

Redacción

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