Vista de la exposición 'Del día o de la noche' de Solange Pessoa en el Centro Botín (Santander). Foto de © Belén de Benito. Cortesía de Centro Botín.
Nacida en 1961 en Ferros, en el estado brasileño de Minas Gerais, Solange Pessoa vive y trabaja en Belo Horizonte. Desde los años ochenta, su práctica explora los vínculos entre el cuerpo y la naturaleza a través de materiales que conservan las huellas de su procedencia. En sus obras, las referencias al arte prehistórico conviven con la tradición barroca brasileña y las cosmogonías indígenas. De este cruce emerge un universo de formas anteriores a cualquier clasificación estable, en el que la materia adquiere una presencia casi animada.
Su proyección internacional encontró un momento significativo en 2022, cuando participó en The Milk of Dreams, la 59ª Exposición Internacional de Arte – La Biennale di Venezia. Aquella presencia contribuyó a ampliar la recepción europea de una artista cuya trayectoria se había desarrollado principalmente en Brasil, aunque también había presentado su trabajo en instituciones internacionales. Sus esculturas e instalaciones proponen una relación visceral con el entorno, atravesada por la transformación de los materiales y una temporalidad que conecta lo ancestral con el presente.
El Centro Botín presenta ahora Del día o de la noche, la primera exposición individual de Pessoa en España. Comisariada por Bárbara Rodríguez Muñoz, la muestra reúne obras de distintas etapas junto a nuevas instalaciones concebidas para el edificio de Renzo Piano. Abierta a la luz natural y al paisaje de la bahía, la arquitectura parece especialmente receptiva a unas piezas que se extienden por las salas como organismos en expansión. Frente a la ligereza del edificio, las obras introducen una materialidad densa, irregular y cargada de resonancias.
Al entrar en el espacio expositivo, Hammocks (1999–2026) introduce al público en un universo de formas suspendidas, donde las telas impregnadas de tierra dibujan volúmenes flácidos y sinuosos, a medio camino entre el cuerpo y la materia informe. La gravedad modela sus pliegues, que evocan envolturas orgánicas o membranas desprovistas de un organismo reconocible. La tierra deja de ser un mero pigmento para adquirir peso y presencia escultórica, mientras el tejido actúa como una superficie permeable que retiene sus huellas. La obra encuentra resonancias en ciertas búsquedas escultóricas de los años setenta, interesadas en desbordar los límites del objeto y explorar la materialidad como experiencia física. En Pessoa, esa investigación cobra una cualidad visceral: las formas parecen suspendidas en un estado de transformación, como si aún estuvieran gestándose o conservaran el rastro de una vida anterior.
Esa misma sensibilidad atraviesa Catedral (1990–2003), una instalación de más de cien metros realizada principalmente con pelo humano, junto con cuero y tela. Recogido durante años, primero entre personas cercanas a la artista y después en peluquerías, este material transforma un residuo cotidiano en una estructura de extraordinaria presencia espacial. Suspendida mediante cabestros y correas ecuestres, la pieza dibuja una línea baja y ondulante que evoca la anatomía de un caballo, figura recurrente en el imaginario de Pessoa. Al mismo tiempo, la instalación se eleva en una configuración monumental que la artista ha relacionado con las curvas y la organización espacial de la catedral de Brasilia, diseñada por Oscar Niemeyer. El pelo evoca aquí una memoria que trasciende la experiencia individual: cada cabello perteneció a un cuerpo concreto, pero su acumulación construye una suerte de linaje colectivo. El material remite también a tradiciones devocionales del barroco y a prácticas rituales en las que los restos corporales conservan una potencia simbólica. Funciona como vestigio de una presencia y vehículo de transmisión cultural, capaz de enlazar biografías anónimas con significados que atraviesan generaciones. La instalación oscila entre la gravedad terrestre y la aspiración monumental, entre la intimidad de la materia y la amplitud de la historia que llega a contener.
La figura equina se prolonga en las otras obras de la sala, aunque adquiere en cada una un carácter distinto. En Arreios (2026), diecisiete figuras espectrales suspendidas del lucernario están confeccionadas con antiguas monturas de caballo, cosidas a mano con fragmentos de cuero que caen como vestiduras medievales. La instalación conecta el imaginario mítico del animal con la historia colonial de la península ibérica y su legado en Minas Gerais, donde el caballo desempeñó un papel en la expansión colonial. En el vídeo Cavalos (2003), varios caballos pastan en una hacienda de la región con capuchones de pelo humano que les cubren la cabeza. La serie de dibujos De vez em quando os cavalos voltam (2003–2008) prolonga esta exploración de un animal que ocupa un lugar ambiguo en la imaginación humana, entre lo familiar y lo indómito.
La historia de Minas Gerais ofrece otra clave para aproximarse a la obra de Pessoa. Su región natal está marcada por siglos de explotación minera, desde la fiebre del oro de la época colonial hasta la extracción de hierro y otros minerales que han moldeado su paisaje y su economía. En Origo (2010–2026), la instalación que cierra el recorrido, la artista parece reunir estas distintas temporalidades en una constelación de esculturas de arcilla, bronce y elementos orgánicos. Sus volúmenes irregulares conservan una cualidad primordial, mientras la arcilla blanca introduce una ligereza visual que matiza la visceralidad de las instalaciones anteriores. El brillo del bronce evoca el oro y establece un contrapunto luminoso con la opacidad de la arcilla. La materia adquiere así una dimensión casi espiritual, como si el valor mineral pudiera trascender su historia económica para abrirse a otra forma de contemplación. Las vistas sobre la bahía de Santander y la entrada de luz natural acentúan esta transformación: tras la densidad de las salas anteriores, Origo abre un espacio más lírico y silencioso, donde la relación entre la tierra y la luz parece suspender por un instante el tiempo histórico.
Es en este cambio de intensidad donde el recorrido encuentra su desenlace. La materia, que a lo largo de la exposición ha conservado rastros de cuerpos y de historias, aparece en Origo bajo una luz distinta, sin perder del todo su opacidad. Las esculturas no resuelven las asociaciones que despiertan ni fijan un significado definitivo; permanecen abiertas a la transformación. En ese estado de suspensión, entre lo que la tierra guarda y lo que la luz revela, el universo de Pessoa conserva su fuerza.
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