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Biennale Arte 2026: las ‘Minor Keys’ se convierten en historias de resistencia contadas en voz alta

Para comprender realmente la figura de Koyo Kouoh hay que observar su relación con lxs artistas. De la curadora, fallecida repentinamente en mayo de 2025, pocos meses después de haber sido nombrada directora de la 61.ª Exposición Internacional de Arte – La Biennale di Venezia, queda un legado cultural y afectivo que aparece constantemente en los homenajes, dedicatorias y celebraciones de lxs artistas que hoy habitan esa Bienal construida por ella con una lúcida coherencia conceptual.

La exposición se ha llevado a cabo gracias al equipo curatorial formado por Gabe Beckhurst Feijoo, Marie Helene Pereira, Rasha Salti, el editor jefe Siddhartha Mitter y la asistente de investigación Rory Tsapayi, quienes continuaron el proyecto respetando su planteamiento original. Así se inaugura en Venecia In Minor Keys, y la figura de la curadora parece convertirse ella misma en una de esas presencias fantasmales que había teorizado. Hay quienes quieren colonizar la luna y quienes quieren bailar a su alrededor, parafraseando las palabras de James Baldwin retomadas por Kouoh. Una frase profética que describe la distancia entre las lógicas de poder que dominaron la escena mediática en los últimos meses y las obras de la exposición central, que reúnen historias de resistencia, pertenencia y diáspora: relatos a los que hay que acercar el oído para captar sus frecuencias y la mirada para descubrir sus detalles.

Con una delicadeza casi doméstica se abre el Pabellón Central de los Giardini, cuyas cuatro columnas han sido revestidas por el artista nigeriano Otobong Nkanga con ladrillos de producción local, jarrones de vidrio de Murano y plantas trepadoras. Más allá de la entrada, recibe al público el pájaro totémico de Big Chief Demond, figura central de la cultura de los Black Masking Indians de Nueva Orleans. Una máscara que lleva consigo historias trágicas bordadas sobre su superficie, como la trata de esclavos africanos deportados a América.

Esta es la carta de presentación de una parte de la muestra que sigue un recorrido no lineal y adquiere una nueva identidad gracias a la reciente intervención arquitectónica del estudio Labics. En su interior, una serie de proyectos celebra el sentido de comunidad y lleva a Venecia historias arraigadas en contextos lejanos: comenzando por el conjunto escultórico de Cecilia Vicuña, un “parlamento” de animales que gira hacia lxs visitantes  observándolxs fijamente.

Vista de la instalación de Khaled Sabasabi. Foto de Marco Zorzanello. Fuente: exibart Italia.

En la sala central aparece el primer homenaje a Koyo Kouoh, retratada en una acuarela monumental por Maria Magdalena Campos-Pons junto a la premio Nobel de Literatura Toni Morrison, celebrando a dos mujeres negras que alcanzaron por primera vez importantes reconocimientos internacionales. En lo alto, en una esquina, una caja emite sonidos delicados casi completamente cubiertos por el bullicio del público de la preview.

Las historias de resistencia llegan desde todas las partes del mundo. Como la de la artista palestina Vera Tamari, profesora y fundadora de instituciones en Ramallah, que experimenta con las posibilidades de la arcilla relacionándola con fotografía y pintura. O la de Edouard Duval-Carrié, que da forma a la persecución sufrida por Haití y al doloroso éxodo de su pueblo tras el golpe de Estado de 1991, presenciado personalmente por el artista. A través de esculturas, pinturas y una columna metálica, reconstruye la dignidad de una historia profundamente ligada a la cultura y espiritualidad de las divinidades Iwas y del vudú haitiano.

También resulta interesante la propuesta asiática, que emerge con artistas queer como BuBu de La Madeleine, performer nacide en Osaka en 1961 que ha atravesado experiencias como trabajadore sexual, drag queen/king y asistente familiar, y que, a través de la figura de la sirena y sus escamas, relata la enfermedad dermatológica que padece. Sus obras se convierten en un conjunto onírico que une dibujo e instalación y encarna, en un contexto mágico, una vida más allá de las convenciones. Su práctica conecta con la de Yoshiko Shimada, artista feminista japonesa con quien colaboró a finales de los años noventa. Shimada, censurada en Japón desde comienzos de los años dos mil, lleva a la Bienal su práctica disidente a través de pinturas que reinterpretan desde una perspectiva feminista la iconografía oficial del Estado y fotografías de performances dominadas por los colores intensos de la lucha de género.

El feminismo caracteriza también la trayectoria de la irlandesa Alice Maher, activista que contribuyó a la abolición de la prohibición del aborto en su país. Aquí se presenta la serie The Sibyls, dibujos de gran formato en los que figuras mitológicas femeninas se sientan sobre enormes madejas de cabello que dominan la composición. Temas y prácticas dialogan entre las salas, y la presencia del cabello como elemento identitario y práctica política une también el trabajo de Adebunmi Gbadebo, quien modela arcilla incorporando dreadlocks como símbolo de resistencia histórica.

Particularmente potente es el proyecto de la artista keniana Wangechi Mutu, que en una sala evoca símbolos ancestrales del poder femenino mediante Mothers Mound, una escultura que representa el vientre materno; Sweeper, una instalación cinética en la que mechones de cabello giran circularmente sumergiéndose en una mezcla de tierra y café de fuerte olor; además de proyecciones y sonidos que convierten las obras en parte de un único entorno inmersivo.

Vista de la obra de Wangechi Mutu. Fuente: exibart Italia.

Las intervenciones se expanden también hacia los espacios exteriores y adquieren una fuerte dimensión política: en la entrada de los Giardini, la Biglietteria Scarpa alberga cuatro telas con los colores de Palestina para recordar su ausencia en las Participaciones Nacionales. Es una obra del colectivo fierce pussy titulada we are here, que en la entrada del Arsenale cubre las paredes del corredor con carteles de bienvenida dirigidos a personas trans y queer, afirmando que nadie queda excluido.

En conjunto, la sección de los Giardini transcurre sin grandes sorpresas, con lenguajes que recuerdan las últimas ediciones de la Bienal y especialmente la de Adriano Pedrosa en 2024, Stranieri Ovunque: esculturas de madera y terracota, tapices, textiles, alfombras, objets trouvés, dibujos y pinturas que requieren principalmente una contemplación frontal y convencional. Es en el Arsenale donde las Minor Keys explotan con toda su potencia y coherencia respecto al planteamiento curatorial: “la propuesta es una experiencia sensorial, no didáctica”, se lee en la introducción.

Esto ocurre desde la primera sala, donde khalil, del artista libanés Khaled Sabsabi, ocupa el centro del espacio convirtiéndose en la obra-manifiesto de esta edición: una instalación circular y abierta invita al público a entrar en su interior y situarse en el centro de un espacio donde pintura y proyección se superponen. Es el momento de cerrar los ojos, escuchar murmullos y susurros que se expanden en el espacio, percibir sombras y rostros inciertos que aparecen sobre las paredes como alucinaciones.

La exposición se desarrolla alternando una rica variedad de lenguajes, ambientes y grandes instalaciones donde no solo interviene la vista, sino también el olfato y el oído, profundizando en una experiencia sinestésica. Un ejemplo es la instalación That Which Evaporates All Around Us de Michael Joo, una escultura reticular sobre la que reposan placas de materiales fósiles que, mediante un sistema específico, emiten vibraciones perceptibles directamente bajo la piel. O el trabajo de Carsten Höller, que con Smell of My Father y Smell of My Mother recrea sintéticamente el olor de la ropa de sus padres, expandiéndolo por el espacio situado entre dos bancos.

Temas presentes en la primera parte, como memoria, pertenencia y exilio, reaparecen aquí con fuerza, como en la miríada de pequeñas figuras de arcilla alineadas sobre una mesa de seis metros en el centro de una sala: se trata de People’s Desire de Sawangwongse Yawnghwe, una denuncia del genocidio, comenzando por el de los rohinyás en 2014. Con Garden of the Broken Hearted, el artista radicado en Roma Theo Eshetu sitúa un gran olivo sobre una estructura giratoria, un carrusel elegíaco que se convierte en reflexión poética sobre la impermanencia.

Vista de la instalación de Nayamai Kaloki. Foto de Marco Zorzanello. Fuente: exibart Italia.

El chamanismo más allá del folclore encuentra un nuevo horizonte en Whisper of Traces de Kader Attia, un ambiente denso de cuerdas cubiertas con espejos rotos suspendidos del techo, mientras un vídeo proyectado en distintos canales reproduce las palabras de un chamán vietnamita, según el cual los virus que atacan los sistemas informáticos son formas espirituales capaces de controlar el progreso tecnológico. Prácticas ancestrales y visiones del futuro se fusionan en un mismo plano.

Las Minor Keys encuentran expresión también en las temáticas de las excavaciones y de los antiguos cimientos urbanos, a las que se dedica una sección específica, chocando además con la brutalidad de las prácticas extractivas magistralmente abordadas por Alfredo Jaar. The End of the World es una gran sala a la que se accede atravesando una pesada cortina. Una vez dentro, el visitante se encuentra en una habitación iluminada por una intensa luz roja, donde la atmósfera es densa y el aire posee un olor metálico. El sonido de los propios pasos resuena mientras se recorre el largo corredor que conduce hacia una vitrina bajo la cual se conserva un cubo sólido compuesto por capas de cobalto, litio, manganeso, cobre, coltán y estaño. Cada estrato de ese pequeño objeto representa el origen de devastadores conflictos geopolíticos que el artista sitúa paradójicamente en una atmósfera casi sagrada.

Se trata de uno de los momentos más poderosos de la 61.ª Exposición Internacional de Arte – La Biennale di Venezia, una muestra que cumple las promesas de su estructura teórica y curatorial especialmente en aquellos momentos en que las historias de resistencia involucran el cuerpo y los sentidos de quien las experimenta. Y mientras fuera de las puertas de la exposición central arrecian las protestas de grupos activistas, las frecuencias menores teorizadas por Koyo Kouoh parecen destinadas a propagarse más allá, mezclándose con el clamor de un mundo que exige una profunda revisión del orden establecido, también dentro de las instituciones culturales.

La versión original de este artículo se puede leer en la página web de exibart Italia.

Vista general de la exposición ‘In Minor Keys’. Foto de Jacopo Salvi. Fuente exibart Italia.
Giulia Ronchi

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