El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza prepara una transformación de gran alcance. El anuncio de la donación de 186 obras de la Colección TBA21, acompañada por un préstamo a largo plazo de otras 179 piezas, extiende los fondos de la institución hacia el arte contemporáneo y abre la puerta a una nueva sede madrileña, en el antiguo Palacio del Hielo y del Automóvil, en la calle Duque de Medinaceli. El proyecto, todavía en fase inicial, plantea una cuestión que afecta a la propia identidad del museo: cómo hacer convivir una colección construida a lo largo de siglos con las prácticas artísticas que abordan las urgencias del presente.
La operación tiene una dimensión patrimonial considerable. Las obras donadas están valoradas en cerca de 16 millones de euros y el préstamo se estima en otros 10 millones. A estas cifras se suma el préstamo histórico de obras que Francesca Thyssen-Bornemisza mantiene con el museo, valorado en unos 70 millones de euros. Según los datos facilitados por la institución, el compromiso de TBA21 y de Francesca Thyssen-Bornemisza con el Estado español alcanza así cerca de 100 millones de euros.
Más relevante para la trayectoria del museo resulta, quizá, la naturaleza de las piezas incorporadas. TBA21 ha construido durante dos décadas una colección centrada en cuestiones como la ecología, la justicia social y las formas de conocimiento vinculadas a comunidades y territorios tradicionalmente ausentes de los grandes relatos occidentales. El conjunto donado y prestado reúne 365 obras de 169 artistas individuales y 19 colectivos. Entre sus autorxs aparecen Ai Weiwei, Marina Abramović, John Akomfrah, Olafur Eliasson, Pierre Huyghe, Joan Jonas, Rashid Johnson o Bill Viola.
La colección introduce también una manera determinada de entender el coleccionismo. Desde su creación en 2002, TBA21 ha concedido un peso central a la producción de nuevas obras y al acompañamiento de lxs artistas durante el proceso de investigación. En muchos casos, las piezas nacen de proyectos de largo recorrido vinculados a cuestiones ecológicas, sociales o territoriales. Esta metodología explica que buena parte de sus fondos esté formada por instalaciones, esculturas y fotografía, junto a trabajos de performance, pintura y medios digitales.

Coleccionar es conversar con el mundo
Francesca Thyssen-Bornemisza ha definido esta filosofía como una relación de custodia. Durante la presentación del proyecto, recordó una enseñanza de su padre, Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza: «Una colección no es una posesión, sino una conversación con el mundo». La frase adquiere un significado concreto al trasladar una parte sustancial de TBA21 al patrimonio público. La colección privada pasa a participar de un relato institucional de alcance nacional y, con ello, cambia también la relación entre sus obras y sus futuros públicos.
El nuevo espacio será una pieza fundamental de esa transformación. El antiguo Palacio del Hielo y del Automóvil, un edificio público sin uso desde 2007, será rehabilitado para acoger la extensión del museo. El proyecto arquitectónico se decidirá mediante un concurso internacional previsto para principios de 2027 y la reapertura está planteada para 2031. La sede ampliará las posibilidades del Thyssen en materia de educación, investigación, conservación y participación ciudadana, además de proporcionar un marco específico para su programación contemporánea.
La ampliación llega después de varios años de colaboración entre el museo y TBA21. Desde 2018, ambas instituciones han desarrollado exposiciones y proyectos conjuntos que han introducido en el Thyssen prácticas artísticas vinculadas a la ecología y a formas experimentales de investigación. Ocean Space, la plataforma de TBA21 en Venecia, y TBA21–Academy, dedicada a la investigación sobre la hidrosfera y sus ecosistemas, forman parte de una estructura internacional que ahora encuentra en Madrid una nueva posibilidad de desarrollo.

El diálogo entre genealogías del pasado y nuevos relatos: aquí reside el repto
El diálogo con la colección histórica del Thyssen constituye uno de los aspectos más interesantes del proyecto. El museo conserva una visión extensa de la historia del arte occidental, articulada alrededor de sucesivas generaciones de coleccionistas. La llegada de TBA21 desplaza ese eje temporal hacia el presente y amplía el campo geográfico y conceptual de la colección. Obras producidas desde perspectivas indígenas o relacionadas con debates sobre género y justicia ambiental entran en contacto con un patrimonio construido bajo otros marcos históricos.
La cuestión será cómo se articule ese encuentro; su alcance museográfico está por concretar. La institución ha señalado que la nueva sede trabajará en continuidad con el Thyssen actual y mantendrá un diálogo con el resto del ecosistema artístico madrileño. El nuevo centro compartirá además edificio con la sede en Madrid del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, introduciendo otra dimensión pública en el programa del futuro espacio.
La relación con el entorno inmediato ocupa también un lugar destacado en el planteamiento. Según la información facilitada por el museo, el programa de usos se definirá después de un proceso de escucha con el vecindario. El edificio incorporará además una función de refugio climático durante episodios de calor extremo, una decisión que conecta la dimensión ecológica de las obras con el funcionamiento cotidiano de la propia infraestructura cultural.
El proyecto extiende así la historia del apellido Thyssen en el ámbito del coleccionismo hasta una cuarta generación. Francesca Thyssen-Bornemisza continúa una tradición familiar que ahora adopta una forma distinta: una parte de la colección que ha reunido durante dos décadas entra de manera permanente en el patrimonio público.
Para el Thyssen, la operación abre un capítulo todavía por escribir. Las 186 obras donadas constituyen un nuevo fondo patrimonial; las 179 piezas prestadas amplían ese núcleo y permiten construir un conjunto de gran escala. El futuro edificio deberá convertir ese volumen de obras en una experiencia museística capaz de establecer relaciones entre generaciones, geografías y modos de entender la práctica artística.
Por ahora, el proyecto tiene una dirección clara y una arquitectura pendiente de inventar. Entre ambas se encuentra el reto esencial: encontrar la forma de que una colección nacida alrededor de las preguntas ecológicas y sociales del presente pueda integrarse en uno de los grandes relatos museísticos de Madrid sin perder la especificidad de las obras que la componen.

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