23 febrero 2026

‘Pedagogías de guerra’ de Roman Khimei y Yarema Malashchuk llega a Madrid de la mano de TBA21

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La exposición revela cómo la guerra se convierte en un sistema invisible que redefine la vida cotidiana, la memoria y la identidad a través de cuatro instalaciones audiovisuales que desafían la mirada pasiva.

Vista de la exposición 'In-Absentia' en Kunstverein Hannover, 2025. Foto © Mathias Voelzke.

El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza y TBA21–Thyssen-Bornemisza Art Contemporary presentan Pedagogías de guerra, la primera exposición individual en España de Roman Khimei y Yarema Malashchuk. Dos voces esenciales de la nueva generación artística ucraniana que, desde 2022, han convertido el lenguaje audiovisual en un campo de batalla contra la normalización de la violencia. Comisariada por Chus Martínez, la muestra reúne cuatro instalaciones producidas durante los últimos cuatro años. Cada pieza desmonta la idea de la guerra como espectáculo lejano y la revela como un mecanismo que modela cuerpos, atenciones y realidades.

Khimei y Malashchuk evitan el sensacionalismo. Sus obras no muestran explosiones ni campos de batalla, sino el modo en que la guerra se filtra en lo cotidiano. Utilizan cámaras de vigilancia, escenas ficticias y testimonios reales para crear un espacio donde el público ya no es un mero observador, sino un partícipe incómodo. Como señala Martínez, la exposición plantea una pregunta urgente: «¿Qué conocimiento puede generar el arte sobre la guerra cuando esta lo transforma todo, incluso lo que parece inalterable?». La respuesta está en la experiencia procesada, en la «Erfahrung brechtiana» que convierte el dolor en comprensión.

Retrato de Roman Khimei (izquierda) y Yarema Malashchuk (derecha). Foto © Ana Brunias. Cortesía de los artistas.

Cuatro videoensayos para «desautomatizar la mirada»

La exposición arranca con El caminante (2022), una pieza que dialoga con el romanticismo alemán y la tradición colonial. Los artistas recrean, con sus propios cuerpos, las posturas de soldados rusos caídos en los Cárpatos. La referencia a El caminante sobre el mar de niebla de Friedrich no es casual: cuestiona cómo el paisaje, históricamente idealizado, se convierte en escenario de muerte. La ironía es clara: frente a la belleza sublime, la guerra impone su propia estética.

Mundo abierto (2025) lleva al público a un territorio híbrido entre el videojuego y el documental. Un joven ucraniano, desplazado por el conflicto, teledirige un perro robótico militar para recorrer las calles de su infancia. El dispositivo, diseñado para la destrucción, se transforma aquí en un puente emocional. La obra explora la resiliencia y la memoria, pero también la paradoja de usar herramientas de guerra para reconstruir vínculos rotos.

No deberías tener que ver esto (2024) es, quizá, la pieza más perturbadora. Seis pantallas muestran a niños ucranianos durmiendo, algunos de los más de 20.000 trasladados a la fuerza a Rusia. El silencio y la intimidad de las imágenes chocan con la violencia que las rodea. Khimei y Malashchuk obligan al espectador a enfrentarse a su propia complicidad: ¿qué vemos cuando miramos? ¿Dónde está el límite entre el voyerismo y la empatía?

La exposición cierra con Nosotros no empezamos esta guerra (2026), un tríptico que retrata la vida en Kyiv entre bombardeos. Sin imágenes explícitas de violencia, los artistas capturan la rutina como acto de resistencia. «Queremos hablar de un país en guerra sin caer en el cliché de la catástrofe», explican. La cotidianeidad se convierte así en un gesto político.

Roman Khimei y Yarema Malashchuk, ‘We Didn’t Start this War’, 2026. Fotograma © Roman Khimei y Yarema Malashchuk. Cortesía de los artistas.

Un compromiso que trasciende las paredes del museo

Pedagogías de guerra es parte de un esfuerzo mayor. Desde 2022, el Thyssen y TBA21 han impulsado iniciativas como Museums for Ukraine, una red de instituciones que protege el patrimonio cultural ucraniano. La exposición se inscribe en esta línea: no se trata de neutralidad, sino de solidaridad activa. El arte, en este contexto, quiere ser un espacio de conciencia.

El programa público profundiza en esta idea. Destaca la actuación de la compositora Zavoloka, cuya música experimental se convierte en un acto cívico, o el diálogo entre Khimei, Malashchuk y el crítico Borys Filonenko.

Khimei y Malashchuk, reconocidos en Venecia, Tallin y París, han desarrollado un lenguaje visual que va más allá del registro documental. Sus obras desentrañan la guerra como un sistema complejo y arraigado. En una era donde las pantallas moldean la percepción del conflicto, su arte demanda una observación pausada, profunda y, ante todo, comprometida.

Redacción

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