Retrato de William John Thomas Mitchell. Fuente: exibart.com
No es la primera vez que el gran teórico de la cultura visual W. J. T. Mitchell visita Palermo. En esta ocasión lo hizo junto al historiador poscolonial Dipesh Chakrabarty, con motivo de la Summer School Beyond Globalization, organizada por el Departamento de Cultura y Sociedad de la Universidad de Palermo y celebrada los días 17 y 18 de julio bajo la coordinación de Serena Marcenò, Valeria Cammarata, Giulia Sajeva, Germana Vinciguerra, Angela La Rosa, Claudia Spagnulo y Bianca Nogara Notarianni.
La relación de Mitchell con la universidad siciliana se remonta al doctorado en Cultura Visual fundado por Michele Cometa, cuya inauguración contó con la participación del académico estadounidense. Precisamente a Cometa —y posteriormente a Valeria Cammarata— se debe la primera gran antología italiana de los ensayos de Mitchell, basada en una iconología crítica que entiende las imágenes, ante todo, como campos de batalla y como agentes sociales y cognitivos. Una perspectiva que entrecruza estética, sociología y filosofía política en una isla que históricamente ha sido una frontera líquida y donde la confianza en las herramientas intelectuales siempre ha convivido con un escepticismo de raíz verista hacia cualquier relato consolador. Aquí, donde la restanza —la decisión de permanecer— resuena casi como una actualización del ideal verguiano de la ostra, según el cual el subalterno solo sobrevive aferrándose a su roca, y donde la palabra «resiliencia» parece abrir las compuertas a la riada de la Gran Aceleración.
Entre soberanía, fronteras, aceleración tecnológica y futuros poscoloniales, la encargada de abrir las jornadas fue, significativamente, Serena Marcenò, filósofa política que investiga la relación entre soberanía y biopolítica colonial. Marcenò identificó la resiliencia como un dispositivo ideológico neoliberal que traslada a individuos, pueblos y Estados la responsabilidad de absorber los daños provocados por desastres económicos y geopolíticos: una adaptación forzada presentada como una forma de empoderamiento en el marco de las políticas de cooperación internacional.
En este mismo contexto, Michele Nicoletti, a partir de una relectura crítica de la teología política de Carl Schmitt, denunció la crisis de legitimidad de las instituciones políticas supranacionales.
Para Sandro Mezzadra y Brett Neilson, la globalización ha multiplicado e interiorizado las fronteras como mecanismo de inclusión diferencial: un filtro selectivo del trabajo que produce nuevas jerarquías de explotación. Martina Tazzioli, Federica Mazzara y Maria Gabriella Trovato profundizaron, por su parte, en la dimensión material y performativa de las fronteras, en la arquitectura del límite y en la reconstrucción como gesto colonial.
Cerraron el encuentro Rochona Majumdar, que estudia el cine de autor indio como narración de futuros poscoloniales posibles, aunque nunca realizados, y Salvo Vaccaro, cuya crítica radical de los dispositivos de poder constituyó uno de los pilares teóricos del seminario.
Pionera en Italia en el estudio de los derechos bioculturales, Giulia Sajeva formuló quizá la pregunta central del encuentro:
«El problema no es la falta de información sobre lo que está ocurriendo. El problema es: ¿cómo utilizamos lo que sabemos?».
La cuestión remite a la posibilidad de que la propia crítica del sistema forme parte del sistema y, por tanto, resulte constitutivamente inerte.
Ese riesgo ha sido replanteado por los estudios de Dipesh Chakrabarty, quien sostiene que nuestras ideas de libertad y progreso, además de estar históricamente vinculadas al capitalismo y al colonialismo, son estructuralmente «energívoras», inseparables del uso de combustibles fósiles que hizo posible la expansión colonial.
En otras palabras, globalización, colonialismo y descolonización comparten la misma base material.
Mitchell aborda esta idea desde el plano de los significados profundos de la cultura visual, esquivando —mediante una iconología militante— el ruido de las narrativas del poder.
No es casual que el primer panel de la Summer School reuniera precisamente a Mitchell y Chakrabarty, ambos profesores de la University of Chicago y colaboradores de Critical Inquiry, la revista que Mitchell dirigió durante cuarenta y dos años y en la que Chakrabarty publicó en 2009 The Climate of History: Four Theses, el ensayo fundacional de su reflexión sobre el Antropoceno que lo convirtió en una referencia internacional en el estudio de la relación entre la historia humana y la historia del planeta.
En Palermo, Mitchell propuso una nueva lectura de su célebre ensayo World Pictures: Globalization and Visual Culture a través de tres imágenes de William Blake, comenzando por el famoso frontispicio de Europe: a Prophecy, en el que El Anciano de los Días extiende un compás sobre el vacío.
Según el investigador, el inicio de la llamada «Era de la Navegación» y de la talasocracia occidental coincide también con la era del cálculo: los navegantes europeos midieron y conquistaron el mundo al mismo tiempo.
En la segunda imagen, Los, el herrero-poeta de Blake, forja material y narrativamente el espacio conquistado. El subtítulo podría resumirse en dos palabras: «Revolución Industrial».
Más compleja resulta la tercera imagen, dedicada al Antropoceno. La figura humana, que antes observaba y modelaba el mundo desde una posición exterior, parece ahora renacer de un globo de fuego y sangre.
«Reproduction – Gestation – Anthropocene», resume Mitchell.
El mundo ya no es una superficie que pueda contemplarse desde fuera; se convierte en un icono inestable que escapa al control precisamente por el exceso de control, resistiéndose a ser reducido a un conjunto de datos.
La pérdida de control vuelve aquí a cruzarse con la «Gran Aceleración» descrita por Chakrabarty, que ha llevado a la especie humana a trascender su condición biológica para convertirse simultáneamente en una fuerza geológica capaz de destruirse a sí misma, inmersa en los efectos que ella misma produce e incapaz de recuperar la distancia desde la que antaño pretendía calcular y gobernar el mundo.
Como en la tercera lámina de Blake, la catástrofe quizá no constituya un punto final, sino una ruptura epistemológica.
Desde este cambio de perspectiva, la obra de Mitchell aparece como un precedente imprescindible.
Su célebre pictorial turn no se limita a constatar el protagonismo de las imágenes en el mundo contemporáneo, sino que funda una nueva conciencia sobre la resistencia de la imagen y sobre su imposibilidad de reducirse a un texto.
De ahí surge la pregunta que hizo célebre al autor: «¿Qué quieren las imágenes?», una formulación que reconoce a las producciones humanas una suerte de cuasi subjetividad y una auténtica capacidad de acción (agency), que en ocasiones persiste incluso contra la intención de quienes las crearon.
Solo a partir de esta reformulación resulta posible comprender el distinto grado de «voluntad» que hoy parecen poseer la tecnología, la inteligencia artificial y el flujo continuo que comienza a sustituir a la imagen.
Mitchell no abordó específicamente esta cuestión, pero la anticipó con el concepto de imagetext, la unión inseparable entre elementos visuales y verbales, basada en la constatación de que, en la experiencia real, no existen medios puramente visuales ni puramente lingüísticos.
Desde esta perspectiva, el flujo contemporáneo —un continuo semiótico, energético y multimedia— podría entenderse como un super-imagetext, el punto en el que desaparece por completo la frontera entre el código verbal y el visual para dar paso a una experiencia sensorial total que compite con la propia experiencia de la realidad, alterándola.
Con la misma capacidad anticipatoria, Mitchell formuló mucho antes de la aparición de las redes sociales y de la inteligencia artificial el concepto de biopicture, en busca de una biología del deseo inscrita en las imágenes.
Se trata de una intuición tan poderosa como inquietante, cuyos antecedentes parecen remontarse más allá de la filosofía contemporánea, evocando aspectos de la teúrgia hermética y de las «formas de pensamiento» de la tradición teosófica, categorías que hoy parecen reaparecer, paradójicamente, entre líneas del aceleracionismo tecnológico y las aspiraciones de una auténtica ciberteúrgia presentes en determinados círculos transhumanistas de Silicon Valley.
En este contexto adquiere pleno sentido otra intuición de Mitchell: el I-bot, «la máquina que dice «yo»».
No se trata ya de una imagen que parece estar viva, sino de una entidad que afirma en primera persona su propia existencia.
Mientras el I-bot consolida su subjetividad y la identidad humana se fragmenta entre múltiples personalidades digitales, emerge una inquietud inevitable.
¿Y si fuera la inteligencia artificial la que terminara asumiendo esa conciencia ecológica de la que habla Chakrabarty, basada en reconocernos simultáneamente como especie biológica y como fuerza geológica?
También aquí Mitchell, combinando un profundo realismo político con un optimismo académico siempre dispuesto a descubrir un margen de posibilidad, plantea dos grandes escenarios.
Por un lado, la inteligencia artificial como instrumento de dominación.
Por otro, una inteligencia artificial convertida en un poder tan vasto y distribuido que ya no pudiera ser poseído por nadie, dando lugar a una nueva «especie compañera».
Una idea literalmente «más allá de la globalización», capaz de sugerir no el nacimiento de un nuevo imperio digital, sino el final de la propia noción de que existe alguien situado «fuera» o «por encima» del mundo para gobernarlo.
La pregunta final, sin embargo, permanece abierta: ¿a qué coste energético?
(Este artículo fue publicado originalmente por exibart Italia)
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