Vista de la exposición 'Latencia del Pliegue' de Antonio Fernández Alvira en House of Chappaz (Barcelona). Cortesía de House of Chappaz.
Quedan pocas semanas para visitar Latencia del Pliegue, la exposición de Antonio Fernández Alvira en House of Chappaz, abierta hasta el 4 de septiembre. La muestra reúne un conjunto de obras recientes que permite recorrer una investigación sostenida sobre las posibilidades de la escultura. A través de diferentes procedimientos y materiales, el artista despliega un trabajo atento a las transformaciones de la forma y a la capacidad de los objetos para sugerir aquello que permanece fuera del alcance de la mirada.
La práctica de Fernández Alvira se caracteriza por una aproximación pausada al hacer escultórico. Sus piezas no buscan imponerse por la espectacularidad del volumen ni por la complejidad técnica, sino por la intensidad de una relación física con los materiales. Cada obra conserva el rastro de un proceso manual en el que doblar, moldear, presionar o recubrir constituyen operaciones decisivas. El resultado son esculturas que transmiten una sensación de contención, como si cada una concentrara una historia cuya lectura nunca llega a completarse.
La exposición se articula a partir de tres conjuntos de trabajos que evidencian la evolución de esa investigación material. El primero está formado por esculturas de cerámica de acabado blanco, presentadas sobre una mesa, cuya presencia remite tanto al molde como al fragmento. Sus perfiles evocan formas orgánicas difíciles de identificar y mantienen una estrecha relación con la escala del cuerpo humano, estableciendo un diálogo entre ausencia y presencia.
En un segundo momento, la cerámica entra en contacto con el textil. Fernández Alvira explora aquí las posibilidades que surgen del encuentro entre dos materiales de comportamiento muy distinto, prestando especial atención a las texturas y a la huella del trabajo manual. Las superficies parecen registrar la presión de las manos y, al mismo tiempo, reproducen ritmos y tramas que acercan el barro a la apariencia de una tela. Esa ambigüedad visual convierte la percepción en una experiencia inestable, donde la materia parece desplazarse continuamente entre distintas identidades.
El recorrido concluye con una serie de esculturas realizadas a partir de prendas de ropa transformadas mediante un recubrimiento de cera de abeja. Suspendidas entre el reconocimiento y la abstracción, estas piezas adquieren una densidad inesperada. La cera modifica el color, endurece los tejidos y altera su comportamiento habitual, dando lugar a volúmenes que conservan la memoria del objeto cotidiano al tiempo que lo alejan de cualquier función reconocible.
El texto curatorial, firmado por Blanca del Río, propone entender la exposición como una reflexión sobre aquello que permanece oculto en las formas y señala que las obras buscan albergar «aquello que solamente se nos muestra de forma latente». Esa idea atraviesa el conjunto de la muestra, aunque encuentra su fuerza en la propia experiencia del público, invitado a observar cómo cada material registra el tiempo y el contacto.
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