Entrevistas

exibart.es entrevista: Manar Idrissi – Gaza come eje de un genocidio cultural

El pasado 11 de julio de 2025, la residencia de artistas La Escocesa, en Barcelona, impulsó el programa Alto el foc, una jornada de solidaridad con Palestina en un contexto de escalada de la violencia en Gaza y en los territorios ocupados. En esa ocasión, la comisaria e investigadora palestina Manar Idrissi compartió parte de su investigación sobre el ataque sistemático a los espacios culturales palestinos, Archive of Erasure (Archivo del Borrado), explicando cómo estos constituyen una forma de borrado histórico y, paradójicamente, también un espacio de resistencia.

Los beneficios del programa se destinaron a financiar residencias para artistas palestinxs a través de TEJA, una red de espacios culturales creada en respuesta a situaciones de emergencia desde el ámbito artístico y cultural. Manar Idrissi fue una de las personas seleccionadas en el Programa de Residencias de Emergencia 2025 para Artistas y Trabajadores de la Cultura en Palestina, impulsado por dicha red.

En ese contexto pude conocerla y participar en el taller que propuso: un ejercicio de observación y lectura de reproducciones de obras de artistas palestinxs —principalmente pintorxs— con el objetivo de identificar una línea sistemática de genocidio cultural.

Desde entonces, y pese a los efímeros acuerdos de alto el fuego, el exterminio del pueblo palestino en Gaza continúa con la impunidad del silencio internacional. Paralelamente, Israel ha intensificado su política de expansión y violencia en la región, ampliando el alcance del conflicto hacia el Líbano y en el marco de la guerra con Irán. Esta entrevista forma parte, así, de una serie de conversaciones con artistas, comisarixs e investigadorxs palestinxs, un proyecto que busca contrarrestar el silencio mediático y que quiere preguntarse si el arte y el pensamiento crítico pueden ser herramientas para cuestionar las narrativas impuestas. La primera de estas conversaciones fue la que mantuvimos hace unas semanas con la artista Noor Abed.

La conversación con Manar Idrissi se realizó en inglés y fue posteriormente traducida al castellano. La versión original en inglés se incluye al final de este artículo. En ella hablamos del borrado cultural del lenguaje visual y, por extensión, de la identidad colectiva, así como de Gaza como eje de un proceso más amplio de genocidio cultural.

CAROLINA CIUTI: En los escritos que acompañan tu investigación mencionas que el genocidio cultural no se limita a la destrucción de objetos y territorios, sino que implica la interrupción de la continuidad narrativa. ¿Podrías ampliar cómo se manifiesta esto en Gaza?

MANAR IDRISSI: Para mí, el genocidio cultural en Palestina consiste en el ataque sistemático a las estructuras materiales y simbólicas que permiten a los palestinos narrar su identidad a lo largo del tiempo. No se limita a la destrucción de monumentos, obras de arte o archivos; implica la interrupción de la continuidad: la ruptura de la cadena que conecta pasado, presente y futuro.

En Gaza, esto resulta dolorosamente evidente. Cuando se bombardea un estudio, no solo se destruye un espacio físico; también desaparece el lugar donde la memoria se procesa y toma forma. Cuando los artistas son asesinados, lo que se pierde no es únicamente su obra ya existente, sino también las obras futuras que nunca llegarán a crear. Cuando se bombardean galerías y universidades, toda la red de mentores, diálogos y transmisión intergeneracional se derrumba.

El genocidio cultural en Gaza no es un daño colateral. Es un ataque directo a la capacidad de los palestinos para sostener una narrativa visual e histórica coherente. En esencia, se trata de impedir que la historia continúe.

CC: Subrayas que la eliminación de la cultura palestina no es simplemente un daño colateral. ¿Cómo se ha manifestado históricamente la intención sistemática de ese borrado cultural? ¿Podrías desarrollar esta idea?

MI: Si nos remontamos a la Nakba de 1948, una de las primeras acciones que se llevó a cabo fue la destrucción sistemática de la historia y la cultura palestinas: se quemaron archivos, se saquearon libros, se demolieron bibliotecas y se borró cualquier manifestación artística. Esto no fue algo incidental; fue un esfuerzo deliberado por borrar la historia palestina y sustituirla por una narrativa construida propia.

En otras palabras, el borrado cultural en Palestina implica atacar los sistemas que permiten a los palestinos contar su historia a lo largo de generaciones. Por eso, todo aquello que habla de Palestina —ya sea a través del arte, la literatura o la historia oral— se enfrenta al miedo y a la represión. Para mí, el arte es una herramienta fundamental de documentación, porque la narrativa no es solo lo que se escribe; también es lo que vemos, lo que imaginamos y lo que creamos. El arte desempeña un papel esencial en el desarrollo y la preservación de una identidad visual y la memoria colectiva.

CC: En tu investigación propones entender el arte palestino a través de cinco espacios políticos: Gaza, Jerusalén, Cisjordania, los territorios ocupados en 1948 y el exilio. ¿Cómo interactúan estos pilares y qué ocurre cuando uno de ellos es desmantelado sistemáticamente?

MI: Como dices, el arte palestino existe en cinco espacios políticos principales, cada uno configurado por la fragmentación política y el colonialismo de asentamiento. Sin embargo, a pesar de estas divisiones, la cultura palestina sigue estando profundamente conectada.

Los artistas de estos espacios comparten los mismos temas, símbolos y memorias. Influyen en el trabajo de los demás y responden a él, formando colectivamente una narrativa visual palestina más amplia. Cada espacio aporta algo único: en Gaza, el arte refleja el asedio y la supervivencia cotidiana; en Jerusalén, se enfrenta a una historia estratificada y al borrado de la identidad palestina; en Cisjordania, recoge la fragmentación y las restricciones de movimiento; en los territorios de 1948, los artistas lidian con la complejidad de vivir junto a colonos israelíes; y en el exilio, el arte suele estar arraigado en la memoria, la distancia y la nostalgia.

Cuando se destruye la infraestructura artística de Gaza, no es solo Gaza la que sufre: se pierde una parte esencial de nuestra historia compartida. La narrativa queda incompleta y toda la estructura se debilita. Si uno de los pilares es desmantelado, la estabilidad del conjunto se ve amenazada.

Este es el eje de mi investigación: documentar el arte gazatí, trabajar con artistas de Gaza y construir un archivo que permita comprender cómo la destrucción de un pilar afecta a los demás. A través de entrevistas, talleres y trabajo de campo, estoy explorando estas conexiones y afinando mi análisis.

Fathi Ghaben, ‘To Freedom’, 1984. Cortesía de Manar Idrissi.

CC: Actualmente te estás centrando en artistas procedentes de Gaza porque su trabajo es de los más afectados hoy en día. ¿Hay algo más qué motive este enfoque?

MI: Mi enfoque en el arte gazatí no se debe únicamente a lo que ha ocurrido desde el 7 de octubre; esta destrucción lleva produciéndose desde 1967, no solo en Gaza, sino en todas partes. Sin embargo, en Gaza la devastación es mucho más intensa.

Para los palestinos, el arte procedente de Gaza rara vez se ve. Debido al asedio y a las restricciones de movimiento, pocas veces tenemos la oportunidad de conocer a artistas de Gaza. Yo tuve la suerte de entrar en contacto con algunos de ellos en España y más tarde en Marsella, donde algunos habían logrado llegar tras salir de Gaza. Estos encuentros me dieron la oportunidad de hablar con ellos, realizar entrevistas y comprender mejor su situación: cómo crean su arte y en qué temas se centran.

Por eso centro mi trabajo en Gaza: porque el arte que se crea allí acostumbra a permanecer allí: se destruye en Gaza y rara vez se ve más allá de sus fronteras. Esta parte de nuestra narrativa se está creando y borrando sin testigos. Estamos perdiendo una parte esencial de nuestra historia.

CC: ¿Observas hilos comunes en el arte producido en Gaza —ya sea en el medio, el concepto o el lenguaje visual—? Recuerdo que durante tu taller en Barcelona mencionaste cambios visibles y compartidos en el tamaño de las pinturas, los colores y las formas según el periodo histórico. ¿Has desarrollado más esta investigación?

MI: Esta investigación es fruto de un proceso largo y aún continúa evolucionando. Estoy recopilando imágenes de manera constante, clasificándolas y analizando cada periodo junto con los enfoques individuales de los artistas. A través de este trabajo, he empezado a ver cómo emergen ciertos patrones, no solo en los temas, sino también en la forma en que los artistas responden a las condiciones políticas y materiales de su tiempo.

Los artistas que comenzaron a crear antes o después de 1967 solían centrarse en establecer símbolos visuales de Palestina. Su obra se convirtió en una forma de testimonio, documentando la Nakba y transformando en arte los recuerdos de las aldeas destruidas. Se trataba de recuperar la identidad a través de la imagen.

Después surgieron los artistas que aparecieron tras la Primera Intifada. Su trabajo estaba cargado con la energía de la revolución: afirmaba el derecho a permanecer, el derecho a la tierra y el derecho a resistir. Era un arte entendido como un acto de desafío.

Para quienes estaban en el exilio, especialmente en Francia, la experiencia era distinta. Muchos se habían marchado por residencias o oportunidades en el extranjero, pero no pudieron regresar. Su arte se convirtió en un reflejo de ese desplazamiento: las luchas personales y colectivas de estar desarraigados y, al mismo tiempo, seguir vinculados a Palestina.

Pero el asedio lo cambió todo. Los artistas en Gaza se encontraron atrapados en lo que se percibe como una prisión al aire libre, con acceso limitado a materiales y recursos. Su obra empezó a reflejar esa realidad: lienzos más pequeños, composiciones más densas, colores más oscuros. El arte se convirtió en una expresión del confinamiento, tanto físico como creativo.

Antes del asedio, durante los años de Oslo, hubo un breve momento de posibilidad. La Autoridad Palestina se estaba reconstruyendo, se abrían instituciones y las universidades se expandían. Se sentía como una primavera cultural. Los artistas tenían acceso a nuevos materiales —acrílicos, distintos tipos de papel, lienzos— y su obra reflejaba esa abundancia. Los colores eran vibrantes, las formas más expansivas.

Pero cuando el asedio se intensificó, el arte también se contrajo. El cambio no fue solo material, sino que afectó al propio lenguaje de la obra. Los lienzos se redujeron, los colores se oscurecieron y las composiciones se volvieron más densas. Se podía percibir cómo la realidad política presionaba en cada pincelada.

Lo fascinante es que estos cambios —ya sean de medio, color o concepto— nunca son únicamente estéticos. Son una respuesta directa a las condiciones políticas, a los acontecimientos y a las épocas que han dado forma a Gaza y a Palestina. El arte no solo refleja esas realidades; pasa a formar parte de ellas.

Fathi Ghaben, ‘Identity’, 1980. Obra recuperada entre los escombros, tras permanecer desaparecida durante dos años en el contexto del genocidio.

CC: En este contexto, ¿podríamos entender el arte como una forma de «contraarchivo» ante la ausencia de instituciones palestinas soberanas? ¿Podrías compartir algunos ejemplos concretos de cómo lxs artistas —especialmente en Gaza— utilizan su trabajo para preservar la memoria y resistir su borrado? Y, en esa línea, ¿consideras que existe una voluntad consciente de documentar y construir memoria colectiva más allá de la expresión personal?

MI: No estoy segura de que la intención esté siempre orientada a la posteridad —imaginar el futuro resulta extremadamente difícil en un contexto así. Pero la idea de construir un contraarchivo, una contranarrativa, es absolutamente central. Para los palestinos, la falta de control sobre los archivos oficiales hace que el arte asuma a menudo la responsabilidad de la memoria.

Cuando hablo de arte, no me refiero únicamente a las artes visuales, sino a todas las formas de expresión creativa: la escritura, la historia oral y otras. Por ejemplo, los palestinos que crecieron como refugiados en Líbano, Jordania, Siria o en el exilio conocen Palestina principalmente a través de las historias orales transmitidas por sus abuelos. En este sentido, el arte se convierte en nuestra responsabilidad hacia la memoria.

Pensemos en Ismail Shammout, uno de los artistas pioneros, que pintó las aldeas destruidas en 1948, preservando visualmente esos recuerdos. O en Fathi Ghaben, que mantuvo la identidad palestina a través de un léxico de símbolos poderosos: una paleta terrosa que evoca la firmeza, la figura arquetípica del campesino y objetos icónicos como la llave del retorno. También está el caso de Mohammed Joha, que ahora vive en Marsella, y que recopiló dibujos de niños del campo de refugiados de Jabalia, en Gaza, creando un archivo de sus sueños y miedos.

Luego están los artistas contemporáneos en Gaza, que documentan la destrucción a medida que ocurre, convirtiendo su obra en testimonio. No es necesariamente un acto deliberado de archivo, sino la expresión de la realidad en la que viven. El arte se convierte en un contraarchivo porque registra aquello que, de otro modo, podría desaparecer. Al mismo tiempo, implica una responsabilidad doble: están creando arte, pero ese arte también está documentando la realidad.

CC: Has mencionado la historia oral y la transmisión del conocimiento entre generaciones, una idea especialmente significativa si pensamos en cómo se construye la historia en contextos donde la linealidad del tiempo —pasado, presente y futuro— se ve interrumpida. Me gustaría profundizar en esto: ¿cómo afecta la destrucción de los archivos físicos a la identidad de las generaciones futuras? ¿Y de qué manera la transmisión intergeneracional del conocimiento puede contrarrestar esa ruptura temporal?

MI: En Gaza, la destrucción ataca al tiempo en tres dimensiones: pasado, presente y futuro. Borra el pasado al destruir décadas de producción artística; interrumpe el presente al matar a los artistas y destruir sus estudios; y amenaza el futuro al impedir que los jóvenes artistas continúen su trabajo.

El conocimiento artístico se transmite tradicionalmente a través de espacios compartidos y de mentoría, donde las generaciones más jóvenes aprenden de las mayores. Cuando esos espacios y esas personas desaparecen, la cadena se rompe, generando un vacío en la memoria colectiva. La generación más joven pierde la posibilidad de ver las obras y producciones que existieron, del mismo modo que puede perder la oportunidad de escuchar las historias orales de sus abuelos. Si no logramos documentar estas historias y estas obras, corremos el riesgo de perderlas para siempre. Así es como entiendo la aniquilación del tiempo —pasado, presente y futuro— en desarrollo.

La pérdida del archivo físico afecta profundamente a las generaciones futuras. Un archivo material les permite ver, tocar y experimentar su historia. Cuando estas obras se destruyen, el acceso a la historia se vuelve mucho más difícil. Los artistas del futuro pueden llegar a conocer ciertas obras solo de oídas, sin haberlas visto nunca, lo que genera una ruptura en el desarrollo artístico y en la memoria visual.

Esto resulta especialmente significativo si pensamos en los símbolos que los artistas siguen utilizando hoy en día —la llave, el caballo, Handala—, todos ellos creados por generaciones anteriores. Estos símbolos continúan reflejando la causa palestina.

Ismail Shammout, ‘Where to?’, 1953. Cortesía de Manar Idrissi.

CC: Has mencionado anteriormente que estás recopilando imágenes tanto de obras que se han conservado como de obras perdidas. En relación con tu trabajo de construcción de un archivo, me interesa saber: ¿cómo llevas a cabo este proceso? Ponerte en contacto con artistas en el exilio puede ser más sencillo, pero ¿cómo logras conectar con aquellxs que siguen en Gaza?

MI: Construir este archivo no es fácil. A lo largo de los años he establecido vínculos con artistas en Gaza, aunque con muchos de ellos nunca me he reunido en persona. Nos comunicamos en línea y, en el pasado, algunos artistas lograban enviar sus obras a exposiciones en Jerusalén o en Cisjordania a través de organizaciones internacionales como la ONU o el consulado francés. Otros compartían fotografías de sus trabajos en redes sociales.

Cuando comenzó el genocidio, me di cuenta de lo esencial que se había vuelto este trabajo. Vi cómo mis amigos —artistas de Gaza— entraban en pánico mientras sus archivos eran destruidos. Decidí ponerme en contacto con ellos, aunque fue extremadamente difícil. Contactar con personas en medio de los bombardeos, mientras se desplazaban de un lugar a otro buscando refugio, era todo un desafío. Las conexiones a internet y teléfono eran inestables.

Muchos artistas nunca tuvieron imágenes de sus obras. Es trágico: recuerdan su trabajo, pero no tienen ningún registro físico. Hasta ahora, he recopilado y catalogado más de 2.000 imágenes de obras destruidas de estos artistas. También tengo archivos de Shababek for Contemporary Art que aún no he clasificado. Pero muchos de los artistas con los que he contactado, incluso aquellos con los que ya había trabajado antes, no conservan ninguna imagen. Llevan la memoria, pero no la prueba material.

Mi trabajo no termina con la recopilación de imágenes y la documentación del genocidio cultural. También estoy desarrollando el concepto de una exposición. Este proyecto reunirá a artistas de diferentes partes de Palestina, así como a artistas internacionales dispuestos a participar. El objetivo no es recrear las obras destruidas, sino crear nuevas piezas inspiradas en los símbolos y enunciados de mi archivo.

He entrevistado a varios artistas, incluidos siete u ocho que conocí en Marsella. Cuando les pregunté si recrearían sus obras destruidas, todos se negaron. Mohammed Juha, que creó una colección junto a niños, explicó que las obras originales estaban ligadas a un momento específico, a una situación política concreta y a las emociones de los niños en ese instante. Dijo que nunca podría recrearlas. En su lugar, sugirió entregar las declaraciones originales a otros artistas, permitiéndoles imaginar nuevas obras a partir de esas ideas.

Esta es la dirección que estoy explorando ahora: cómo crear una exposición que dialogue con el archivo, no replicando lo que se perdió, sino reinterpretando su esencia.

CC: Volviendo brevemente al archivo, ¿estás pensando en una plataforma en línea como tal? Si es así, ¿cómo la organizarías —de forma temática, cronológica? Me llamó especialmente la atención la línea temporal que desarrollaste para el taller en La Escocesa, que permitía identificar con claridad hilos comunes entre obras de distintos periodos.

También has hablado de la imposibilidad de reconstruir las obras destruidas. En un archivo, los espacios en blanco y los vacíos pueden ser tan significativos como lo que está presente. ¿Estás considerando dejar esos huecos sin rellenar como forma de documentar el borrado?

MI: Eso es exactamente en lo que estoy pensando. Sin embargo, desarrollar un proyecto así en solitario es extremadamente difícil. Incluso recopilar imágenes y contactar con artistas ya es complicado.

Por eso he estado en conversación con amistades y con organizaciones culturales, como el Museo Palestino. Cuentan con archivos tanto físicos como digitales y me han ofrecido generosamente acceso a ellos. Es un proyecto enorme, que requiere muchos recursos y tiempo.

También existen iniciativas individuales que trabajan en la recopilación de imágenes de obras destruidas. Estamos colaborando para construir este archivo digital, pero es un proceso a largo plazo. La idea está clara en nuestra mente y estamos comprometidos con hacerla realidad.

El archivo digital no es solo la opción más segura, sino a menudo la única viable. Por ejemplo, desde el 7 de octubre, el Museo Palestino ha trasladado su archivo físico fuera de Palestina para protegerlo de posibles ataques israelíes contra instituciones culturales. En este contexto, un archivo digital se vuelve esencial.

Mohammed Joha, ‘The Barber’, 70×50 cm, Acrílico sobre tela, 2005. Obra destruida durante el genocidio. Cortesía de Manar Idriss.

CC: A medida que nos acercamos al final de esta conversación, me gustaría volver a algo que mencionaste durante el taller: la relación entre la aniquilación cultural y la destrucción de academias de arte y universidades en Gaza y en los territorios ocupados. Señalaste que la destrucción y el borrado de la identidad comienzan incluso antes de la destrucción física de los edificios, concretamente cuando artistas y curadorxs se ven obligadxs a estudiar en academias de bellas artes donde la historia palestina se presenta desde una perspectiva israelí. ¿Podrías profundizar en esta dinámica?

MI: En Palestina, la fragmentación política es una realidad definitoria. Por eso hablo de los «cinco pilares». En Cisjordania, la Autoridad Palestina gestiona algunos aspectos de la vida cotidiana, aunque la situación es compleja. En los territorios ocupados de 1948 y en Jerusalén, Israel controla todo, incluido el sistema educativo.

Tenemos distintos tipos de escuelas y universidades, pero si quiero estudiar en una universidad palestina, tengo que viajar de Jerusalén a Cisjordania. Dadas las restricciones —puestos de control, limitaciones de movimiento—, a menudo es más fácil estudiar en Jerusalén. Sin embargo, las universidades allí son instituciones israelíes y su currículo es fundamentalmente diferente. El sistema israelí impone su propia narrativa, borrando o distorsionando la historia palestina.

Para los jóvenes artistas, esto es crucial. El arte no se enseña ampliamente en todas las universidades —solo unas pocas en Cisjordania ofrecen programas de arte, como las de Belén, Nablus y Ramala. Para los palestinos de Jerusalén, viajar a estas universidades es difícil, por lo que muchos terminan estudiando en academias israelíes. Allí se les enseña una narrativa israelí, incluso hasta el punto de atribuir obras palestinas como israelíes.

El enfoque de la enseñanza también es diferente. Los estudiantes se enfrentan a restricciones a la hora de hablar libremente sobre Palestina o de elegir temas relacionados con la identidad palestina para sus proyectos. Esto crea una creciente división entre los artistas formados en universidades palestinas y aquellos que estudian en instituciones israelíes.

He trabajado con estudiantes en ambos contextos, y la diferencia es evidente. Cada grupo habla y crea desde marcos conceptuales distintos. A veces, el trabajo producido en academias israelíes carece de una perspectiva palestina clara: es como si perdieran el contacto con lo que significa crear un arte que refleje su propia realidad.

Por eso siento la responsabilidad de reunir a estos grupos, de crear espacios donde puedan hablar con libertad y en voz alta. Quienes estudian en academias israelíes a menudo no pueden expresar abiertamente su identidad palestina. Esta es una de las razones por las que estoy comprometida con esta investigación.

CC: Para terminar, me gustaría plantear una última cuestión. Tu trabajo quiere contribuir a generar una voluntad colectiva de reconstruir y repensar una cronología cultural, entre lxs artistas palestinxs. Sin embargo, también estás trasladando esta investigación fuera de Palestina. Más allá de tu responsabilidad individual, parece claro que la comunidad internacional del arte y la cultura también tiene un papel en la reconstrucción de la historia cultural palestina. En tu opinión, ¿cuál debería ser la respuesta de esa comunidad? ¿Qué responsabilidad —o incluso deuda— tiene con la preservación y reconstrucción de esa línea temporal cultural?

MI: Es una pregunta crucial, y te agradezco que la plantees. Cada vez que viajo, llevo conmigo estas imágenes para abrir esta conversación con comunidades internacionales. Creo que pueden aportar una infraestructura archivística esencial. Como he dicho, construir un archivo es un proceso complejo y que requiere muchos recursos. Las instituciones internacionales podrían albergar archivos digitales, financiar proyectos de documentación y apoyar la inclusión de artistas palestinos en colecciones y exposiciones.

Alzar la voz es importante, pero la documentación es aún más urgente. La comunidad internacional también debe nombrar públicamente el genocidio cultural. Muchas personas —incluso académicos— se resisten a utilizar este término. Cuando propongo mi investigación como posible proyecto de doctorado, la conversación suele detenerse en el momento en que menciono el genocidio cultural. Debemos llamar a las cosas por su nombre.

El apoyo debe ir más allá de la solidaridad simbólica y convertirse en un compromiso estructural. Eso es lo que más necesitan los palestinos: una acción sostenida que mantenga vivo el archivo y garantice que las voces palestinas sean escuchadas —sobre sus vidas, sus aspiraciones y su futuro.

Mohammed Joha, ‘Primus stove repairman’, 70×50 cm, Acrílico sobre tela, 2005. Obra destruida durante el genocidio. Cortesía de Manar Idriss.

MÁS SOBRE LA ARTISTA:

Manar Idrissi es directora de arte, comisaria e investigadora afincada en Jerusalén. Es licenciada en Gestión de las Artes, con especialización en museos y exposiciones, y actualmente está trabajando en una propuesta de investigación doctoral en torno al genocidio cultural.

Su práctica articula la experiencia curatorial en instituciones culturales con la investigación académica crítica, con un especial interés en el borrado del patrimonio visual y la destrucción sistemática de la identidad cultural. Desde un enfoque interdisciplinar, investiga cómo el arte puede operar como herramienta de preservación, de construcción de memoria colectiva y de transformación social.

Esta línea de trabajo se concreta en Archive of Erasure (Archivo del Borrado), su proyecto de investigación y documentación, dedicado a registrar la destrucción deliberada del patrimonio cultural palestino. A través de esta iniciativa, busca preservar narrativas en riesgo de desaparición y contribuir a la construcción de una memoria cultural viva, sostenida en la resiliencia.

Además de su labor académica como docente en gestión de exposiciones, desarrollo de portfolios y derechos de propiedad intelectual, ha ocupado distintos cargos en instituciones culturales. Entre ellos destaca la dirección de Al Hoash – The Palestinian Art Court en Jerusalén, desde donde contribuyó de forma decisiva al fortalecimiento de la escena artística local.

En la actualidad, su práctica se centra en el acompañamiento a artistas emergentes a través de plataformas curatoriales experimentales, al tiempo que continúa investigando estrategias para proteger el patrimonio visual frente a su borrado.

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VERSIÓN ORIGINAL DE LA CONVERSACIÓN EN INGLÉS:

CAROLINA CIUTI: What is your personal definition of cultural genocide in the context of Palestine? In the abstract of your research, you mention that cultural genocide is not just about the destruction of objects but the interruption of narrative continuity. Could you expand on how this manifests in Gaza?

MANAR IDRISSI: For me, cultural genocide in Palestine is the systematic targeting of both the material and symbolic structures that enable Palestinians to narrate their identity across time. Its not limited to the destruction of monuments, artworks, or archives; its the disruption of continuitythe breaking of the chain that connects past, present, and future.

In Gaza, this is painfully evident. When a studio is bombed, its not just the physical space that is destroyed; its also the site where memory is processed and transformed into form. When artists are killed, what vanishes is not only their existing body of work but also the unwritten works of the future. When galleries and universities are bombed, the entire network of mentorship, dialogue, and intergenerational transmission collapses.

Cultural genocide in Gaza is not incidental damage. It is a direct attack on Palestiniansability to sustain a coherent visual and historical narrative. In essence, its about stopping the story from continuing.

CC: Youve emphasised that the erasure of Palestinian culture is not merely collateral damage. How has the systematic intention of cultural erasure manifested historically? Could you expand on this idea?

MI: If we look back to the Nakba in 1948, one of the first actions taken was the systematic destruction of Palestinian history and cultureburning archives, looting books, demolishing libraries, and erasing art. This was not incidental; it was a deliberate effort to erase Palestinian history and replace it with a constructed narrative of their own.

In other words, cultural erasure in Palestine means attacking the systems that allow Palestinians to tell their story across generations. This is why anything that speaks of Palestinewhether through art, literature, or oral history – is met with fear and suppression. For me, art is a critical tool for documentation because narrative isnt just what is written; its also what we see, what we imagine, and what we create. Art plays an essential role in developing and preserving a visual identity and collective memory.

CC: Within your research, you describe Palestinian art as structured across five political spaces: Gaza, Jerusalem, the West Bank, the 1948 occupied lands, and exile. How do these pillars interact, and what happens when one is systematically dismantled?

MI: Palestinian art exists across five primary political spaces, each shaped by political fragmentation and settler colonialism. Yet despite these divisions, Palestinian culture remains deeply connected.

Artists across these spaces share the same themes, symbols, and memories. They influence and respond to one anothers work, collectively forming a larger Palestinian visual narrative. Each space contributes something unique: in Gaza, art reflects the siege and daily survival; in Jerusalem, it grapples with layered history and the erasure of Palestinian identity; in the West Bank, it captures fragmentation and movement restrictions; in the 1948 territories, artists navigate the complexities of living alongside Israeli settlers; and in exile, art is often rooted in memory, distance, and nostalgia.

When Gazas artistic infrastructure is destroyed, its not just Gaza that suffers – we lose a vital part of our shared story. The narrative becomes incomplete, and the entire structure weakens. If one pillar is dismantled, the stability of the whole is threatened.

This is the focus of my research: documenting Gazan art, engaging with Gazan artists, and building an archive to understand how the destruction of one pillar affects the others. Through interviews, workshops, and fieldwork, Im exploring these connections and refining my analysis.

CC: Youre currently focusing on Gazan artists because their work is among the most severely impacted today. What drives this focus?

MI: My focus on Gazan art isnt just about what has happened since October 7th; this destruction has been ongoing since 1967, not only in Gaza but everywhere. However, in Gaza, the devastation is far more intense.

For Palestinians, art from Gaza is rarely seen. Due to the siege and movement restrictions, we rarely have the opportunity to meet artists from Gaza. I was fortunate to connect with some of them in Spain and later in Marseille, where a few had managed to leave Gaza. These encounters gave me the chance to speak with them, conduct interviews, and gain a deeper understanding of their situationhow they create their art and what themes they focus on.

This is why Im centring my work on Gaza: because the art created there remains in Gaza, is destroyed in Gaza, and is rarely seen beyond its borders. This part of our narrative is being created and erased without witness. Were losing an essential piece of our story.

CC: Do you see common threads in the art produced in Gaza—whether in medium, concept, or visual language? I remember that during your workshop in Barcelona, you mentioned visible and common changes in the size of paintings, colours, and shapes according to the historical period. Have you developed this research further?

MI: This research has been a long, evolving process, and its still ongoing. Im steadily collecting images, classifying them, and analysing each period alongside the individual approaches of the artists. Through this work, Ive begun to see patterns emerge—not just in themes, but in how artists respond to the political and material conditions of their time.

The artists who began creating before or after 1967 often focused on establishing visual symbols of Palestine. Their work became a form of testimony, documenting the Nakba and transforming memories of destroyed villages into art. It was about reclaiming identity through imagery.

Then came the artists who emerged after the First Intifada. Their work was charged with the energy of revolutionasserting the right to stay, the right to the land, and the right to resist. It was art as an act of defiance.

For those in exile, particularly in France, their experience was different. Many had left for residencies or opportunities abroad but couldnt return. Their art became a reflection of that displacementthe personal and collective struggles of being uprooted, yet still connected to Palestine.

But the siege changed everything. Artists in Gaza found themselves trapped in what feels like an open-air prison, with limited access to materials and resources. Their work began to mirror this reality: smaller canvases, crowded compositions, darker colours. The art became an expression of confinement, both physically and creatively.

Before the siege, during the Oslo years, there was a brief moment of possibility. The Palestinian Authority was rebuilding, institutions were opening, and universities were expanding. It felt like a cultural spring. Artists had access to new materialsacrylics, different papers, canvasesand their work reflected this abundance. The colours were vibrant, the forms more expansive.

But when the siege tightened, so did the art. The shift wasnt just in materialsit was in the very language of the work. The canvases shrank, the colours darkened, and the compositions grew denser. You could see the political reality pressing in on every brushstroke.

Whats fascinating is how these changeswhether in medium, color, or conceptare never just about aesthetics. Theyre a direct response to the political conditions, to the incidents and eras that have shaped Gaza and Palestine. The art doesnt just reflect these realities; it becomes a part of them.

CC: And in a way it can be said that art functions like a «counter-archive» in the absence of sovereign Palestinian institutions. Could you share specific examples of how artists—particularly those in Gaza—have used their work to preserve memory and resist erasure? Im especially interested in whether you see this as a deliberate effort among artists, not just to create for personal expression, but to actively document and build an archive for posterity.

MI: Im not sure if the intention is always about posterityenvisioning the future is incredibly difficult in such a context. But the idea of building a counter-archive, a counter-narrative, is absolutely central. For Palestinians, the lack of control over official archives means that art often carries the responsibility of memory.

When I speak of art, Im not just referring to visual arts but to all forms of creative expression: writing, oral history, and more. For example, Palestinians who grew up as refugees in Lebanon, Jordan, Syria, or in exile know Palestine primarily through the oral histories passed down by their grandparents. In this way, art becomes our responsibility to memory.

Take Ismail Shammout, one of the pioneer artists. He painted the villages destroyed in 1948, visually preserving those memories. Fathi Ghaben preserved Palestinian identity through a lexicon of potent symbols: an earthy palette evoking steadfastness, the archetypal peasant, and iconic objects like the key of return. Or consider Mohammed Joha, now living in Marseille, who collected childrens drawings from the Jabalia refugee camp in Gaza, creating an archive of their dreams and fears.

Then there are contemporary artists in Gaza who document destruction as it happens, turning their work into testimony. Its not necessarily a deliberate act of archiving, but its the reality they live. Art becomes a counter-archive because it records what might otherwise disappear. At the same time, its a dual responsibility: they are creating art, but this art is also documenting reality.

CC: You mentioned oral history and the transmission of knowledge across generations—an idea that resonates deeply when considering how history is shaped, especially in places where the linearity of time—past, present, and future—is disrupted. Id like to explore this further: How does the destruction of physical archives affect the sense of identity for future generations? And how does intergenerational knowledge transmission help preventing the annihilation of time?

MI: In Gaza, the destruction attacks time in three dimensions: past, present, and future. It erases the past by obliterating decades of artwork; it disrupts the present by killing artists and destroying their studios; and it threatens the future by preventing young artists from continuing their work.

Artistic knowledge is traditionally passed down through shared spaces and mentorship, with younger generations learning from their elders. When these spaces and people disappear, the chain is broken, creating a gap in collective memory. The younger generation misses out on seeing the artworks and productions that once existed, just as they might miss hearing the oral histories from their grandparents. If we fail to document these stories and artworks, we risk losing them forever. This is how I see the annihilation of timepast, present, and futureunfolding.

Losing the physical archive profoundly affects future generations. A physical archive allows them to see, touch, and experience their history. When these works are destroyed, history becomes much harder to access. Future artists may only hear about certain works without ever seeing them, creating a break in artistic development and visual memory.

This is especially significant when we consider the symbols still used by artists today—the key, the horse, Handalaall created by earlier generations. These symbols continue to reflect the Palestinian cause.

CC: You mentioned earlier that you are collecting images of both surviving and lost artworks. In relation to your work on building an archive, Im curious: how do you go about this process? Reaching artists in exile may be more straightforward, but how do you connect with those still in Gaza?

MI:  Building this archive is not easy. Over the years, Ive developed connections with artists in Gaza, though Ive never met many of them in person. We communicate online, and in the past, some artists were able to send their works to exhibitions in Jerusalem or the West Bank through international organizations like the UN or the French consulate. Others shared photographs of their artworks on social media.

When the genocide began, I realised how essential this work had become. I watched my friendsartists from Gazapanic as their archives were destroyed. I decided to reach out to them, though it was incredibly difficult. Contacting people during the bombing, as they moved from place to place searching for safety, was a challenge. Internet and phone connections were unreliable.

Many artists never had images of their works. Its tragicthey remember their art, but have no physical record. So far, Ive collected and categorised over 2,000 images of destroyed artworks from these artists. I also have archives from Shababek for Contmporary Art that I havent yet classified. But many artists Ive contacted, even those Ive worked with before, have no images left. They carry the memory, but not the physical evidence.

My work doesnt end with collecting images and documenting cultural genocide. Im also developing an exhibition concept. This project will bring together artists from different parts of Palestine, as well as international artists willing to participate. The goal is not to recreate the destroyed artworks, but to create new works inspired by the symbols and statements from my archive.

Ive interviewed several artists, including seven or eight I met in Marseille. When I asked if they would recreate their destroyed works, they all refused. Mohammed Juha, who created a collection with children, explained that the original works were tied to a specific moment, a particular political situation, and the childrens emotions at that time. He said he could never recreate them. Instead, he suggested giving the original statements to other artists, allowing them to imagine new works from these ideas.

This is the direction Im exploring now: how to create an exhibition that responds to the archive, not by replicating what was lost, but by reinterpreting its essence.

CC: Going back to the archive briefly, are you envisioning an actual online platform? If so, how would it be organized—thematically, chronologically? I was particularly struck by the timeline you developed for the workshop, which made it easy to identify common threads among artworks from specific periods.

Youve also spoken about the impossibility of reconstructing destroyed artworks. In an archive, the blank spaces and voids can be as significant as the filled ones. Are you considering leaving those gaps unfilled to document the erasure?

MI: This is exactly what Im thinking about. However, developing such a project alone is incredibly challenging. Even collecting images and contacting artists is difficult.

Thats why Ive been in conversation with friends and cultural organizations, such as the Palestinian Museum. They have both physical and digital archives and have generously offered me access. This is a massive project, requiring significant resources and time.

There are also individual initiatives working to collect images of destroyed artworks. Were collaborating to build this digital archive, but its a long-term process. The idea is clear in our minds, and were committed to making it happen.

The digital archive isnt just the safest optionits often the only viable one. For example, since October 7th, the Palestinian Museum has moved its physical archive outside Palestine to protect it from potential Israeli attacks on cultural institutions. In this context, a digital archive becomes essential.

CC: As we are approaching the end of this conversation, I would like to return to something you mentioned during the workshop: the relationship between cultural annihilation and the destruction of art academies and universities in the occupied territories and Gaza. You pointed out that the destruction and erasure of identity begin even before the physical destruction of buildings—specifically, when artists and curators are forced to study in fine arts academies where Palestinian history is presented from an Israeli perspective. Could you elaborate on this dynamic?

MI: In Palestine, political fragmentation is a defining reality. Thats why I refer to the five pillars.” In the West Bank, the Palestinian Authority manages some aspects of daily life, though the situation is complex. In the occupied 1948 territories and Jerusalem, Israel controls everything, including the education system.

We have different kinds of schools and universities, but if I want to study at a Palestinian university, I must travel from Jerusalem to the West Bank. Given the restrictionscheckpoints, movement limitationsits often easier to study in Jerusalem. However, the universities there are Israeli institutions, and their curriculum is fundamentally different. The Israeli system imposes its own narrative, erasing or distorting Palestinian history.

For young artists, this is critical. Art is not widely taught in all universitiesonly a few in the West Bank offer art programs, such as those in Bethlehem, Nablus, and Ramallah. For Palestinians in Jerusalem, traveling to these universities is difficult, so many end up studying in Israeli academies. There, they are taught an Israeli narrative, even to the point of claiming Palestinian artworks as Israeli.

The approach to teaching is also different. Students face restrictions on speaking freely about Palestine or choosing subjects related to Palestinian identity for their projects. This creates a growing divide between artists educated in Palestinian universities and those in Israeli institutions.

Ive worked with students in both contexts, and the gap is evident. Each group speaks and creates from different conceptual frameworks. Sometimes, the work produced in Israeli academies lacks a clear Palestinian perspectiveits as if theyre losing touch with what it means to create art that reflects their reality.

This is why I feel a responsibility to bring these groups together, to create spaces where they can speak loudly and freely. Those studying in Israeli academies often cant express their Palestinian identity openly. This is one of the reasons Im committed to this research.

CC: Just one last question to wrap up. Your work clearly has a significant impact among Palestinian artists, fostering a collective willingness to rebuild and reimagine a cultural timeline. But youre also bringing this research abroad. While you carry a personal responsibility, I believe the international art cultural community also bears a responsibility toward the reconstruction of Palestinian cultural history. What do you think the international art communitys response should be? What is its debt to the reconstruction of Palestines cultural timeline?

MI: This is a crucial question, and I appreciate you raising it. Every time I travel, I bring these images with me to open this conversation with international communities. I believe they can provide essential archival infrastructure. As Ive said, building an archive is complex and resource-intensive. International institutions could host digital archives, fund documentation projects, and support the inclusion of Palestinian artists in collections and exhibitions.

Speaking out is important, but documentation is even more urgent. The international community must also publicly name cultural genocide. Many peopleeven academicsresist using this term. When I propose my research as a potential PhD project, the conversation often stops as soon as I mention cultural genocide. We must call things by their names.

Support must move beyond symbolic solidarity toward structural engagement. This is what Palestinians need most: sustained action to keep the archive alive and to ensure Palestinian voices are heardabout their lives, their goals, and their future.

Carolina Ciuti

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